¿Cuándo un edificio empieza a ser patrimonio?

¿Cuándo un edificio empieza a ser patrimonio?

Después del auge salitrero, Iquique siguió creciendo. Cambiaron los materiales, aparecieron nuevas tecnologías y una generación de arquitectos comenzó a proyectar una ciudad distinta.

Hay una pregunta que hace tiempo no deja de dar vueltas en mi cabeza.

¿En qué momento un edificio deja de ser “demasiado nuevo” para comenzar a ser patrimonio?

Parece una pregunta simple, pero la respuesta ha definido el destino de muchas ciudades.

Cuando hablamos de patrimonio en Iquique, casi todos imaginamos la arquitectura salitrera: las casonas de madera, Baquedano, los palacios, los balcones y las cornisas que forman parte de nuestra identidad. Y está bien. Ese patrimonio merece ser cuidado.

Pero hay otra historia que hemos contado mucho menos.

Después del auge salitrero, Iquique siguió creciendo. Cambiaron los materiales, aparecieron nuevas tecnologías y una generación de arquitectos comenzó a proyectar una ciudad distinta, moderna, pensada para responder a los desafíos de su tiempo.

De ese período surgieron edificios que todavía forman parte de nuestra vida cotidiana, como la antigua Gobernación Marítima, el Cine Délfico (que ya no existe, en su lugar hay una torre de departamentos) o conjuntos de vivienda colectiva como la Remodelación El Morro, considerada por la investigación académica una de las obras más relevantes de la vivienda moderna en el Norte Grande.

Sin embargo, muchos de ellos nunca fueron mirados como patrimonio.

Quizás porque no tenían la ornamentación de la arquitectura salitrera.

Quizás porque parecían demasiado nuevos.

O quizás porque simplemente nunca aprendimos a reconocer su valor.

Y ese no es un problema exclusivo de Iquique.

Durante décadas, distintos organismos internacionales dedicados a la conservación del patrimonio moderno comenzaron a advertir que esperar cien años para valorar una obra era, muchas veces, condenarla a desaparecer antes de tiempo. Así nació un movimiento mundial que hoy impulsa la identificación y protección de la arquitectura moderna precisamente antes de que sea demasiado tarde.

Lo interesante es que esta mirada ya forma parte de los estudios que respaldan el nuevo Plan Regulador de Iquique.

El propio documento reconoce que la ciudad posee dos grandes expresiones patrimoniales: la arquitectura del período salitrero y la arquitectura moderna. Ambas cuentan una parte esencial de nuestra historia urbana.

En estos últimos meses he recibido cientos de mensajes de personas que me dicen algo muy parecido: «Ahora camino por Iquique con otros ojos».

Y, sinceramente, creo que ese puede ser el primer paso para cambiar una ciudad.

Porque ninguna comunidad protege lo que no conoce. Ningún vecino defiende aquello que nunca aprendió a mirar.

Levantar la vista, detenernos unos segundos y preguntarnos qué historia nos cuenta ese edificio puede parecer un gesto pequeño. Pero todas las grandes transformaciones urbanas comienzan exactamente ahí: cuando una comunidad deja de pasar de largo y decide mirar con atención.

Quizás ese sea el patrimonio más importante que estamos construyendo hoy: una ciudadanía que vuelve a observar su ciudad.

Leonor Bravo Vásquez. Arquitecta. Universidad de Valparaíso