La visita duró apenas 48 horas, pero el eco de aquel noviembre de 1971 nunca se ha apagado del todo en la memoria iquiqueña.
Iquique, noviembre de 1971. La visita del comandante cubano no es un acto protocolar; es un terremoto social, y el periodista cubano Norberto Fuentes, recogiendo el testimonio del escolta Antonio de la Guardia, lo describiría después con una imagen imborrable: Fidel recorrió Chile «como un testigo de Jehová anunciando el Apocalipsis».
El líder cubano llegó a Iquique el lunes 15 de noviembre de 1971, pero su travesía desde Calama fue cualquier cosa menos un desfile triunfal. Al llegar al cruce de la oficina salitrera Victoria, grupos de trabajadores y sus familias bloquearon la caravana. Fidel, ante el argumento de un obrero que esgrimió que «ellos también eran chilenos y querían que los visitara», accedió a detenerse.
El propio Fidel Castro relataría esta anécdota horas después, en su discurso del 16 de noviembre, cuya versión taquigráfica reposa hoy en el sitio oficial fidelcastro.cu. Allí confesó que no pudo negarse porque se trataba de «gente humilde, con sus banderas chilenas y cubanas, que llevaban horas esperando». Pero lo que los archivos oficiales no detallan lo complementan los periodistas chilenos Felipe y Pablo Retamal en su libro Historia íntima de Chile. En medio de ese impasse, Fidel se bajó del auto, pidió una pelota y disputó un partido de básquetbol con los salitreros. Fue el primero de dos encuentros deportivos que jugó en el norte, y según los hermanos Retamal,ganó ambos.
Recibimiento
Ya entrada la tarde, la comitiva hizo su entrada a Iquique. El recibimiento fue tan multitudinario que, años después, el exsubsecretario de Justicia José Antonio Viera-Gallo—quien había recibido a Castro en Pudahuel días antes— recordaría en una entrevista con el diario La Tercera (6 de noviembre de 2021) que las calles de Iquique se llenaron como solo lo había hecho Antofagasta con la visita del Papa Juan Pablo II.
La escena más emotiva del arribo es cuando la caravana avanzaba por la avenida Elías Lafertte (hoy Pedro Prado) y dobló en calle Zegers, Fidel divisó una bandera cubana entre la multitud. Ordenó detener el vehículo, bajó y abrazó a su dueña, Alicia Henríquez, quien la había confeccionado con sus propias manos. Ambos recorrieron un tramo juntos, sosteniendo el emblema, en una postal que la prensa local inmortalizó como el instante más genuino de la visita.
Al día siguiente, 16 de noviembre, la agenda fue un vendaval de actividad portuaria e industrial. Fidel recorrió la rada de Iquique en barco, navegó hasta la boya que señala la caída de Arturo Prat, y rindió honores al héroe chileno, emparentándolo con el peruano Miguel Grau. En tierra, visitó las instalaciones de embarque del salitre, la fábrica conservera, los astilleros y una nueva planta de pilas. Tampoco faltó el encuentro con los pescadores cubanos del buque Jagua, fondeado en el puerto, una muestra de la cooperación pesquera que ambos países mantenían en ese entonces —un dato que la editorial International Publishersrecogería en su compilación de 1972, Fidel in Chile.
Plaza Prat
Pero el clímax llegó al atardecer en la Plaza Prat. La multitud desbordaba las gradas y el césped. Fidel, fiel a su estilo extemporáneo, comenzó pidiendo disculpas por la demora del día anterior, explicando con lujo de detalle la parada no planificada en Victoria. Luego, repasó cada rincón visitado de la ciudad, lamentó no haber podido atender a todos los centros de estudiantes y trabajadores que lo solicitaron, y lanzó un alegato por la integración latinoamericana. En esa misma intervención —cuyo texto íntegro se conserva en los archivos del Centro de Estudios Che Guevara— sentenció la frase que los diarios locales repetirían al día siguiente: «La obra de una revolución no se mide sólo en piedras, no se mide sólo en fábricas. Se mide en eso, pero se mide esencialmente en los factores morales y humanos».
La visita duró apenas 48 horas, pero el eco de aquel noviembre de 1971 nunca se ha apagado del todo en la memoria iquiqueña. Fue el torbellino de un líder carismático, el espejo de una revolución que entonces era faro para la izquierda chilena y el testimonio de un pueblo que, por un día, sintió que el desierto no era frontera, sino pasillo de encuentro. Así lo registran los archivos, los libros y los diarios.
