En La Paz, los bloqueos suelen ser parte del paisaje político. La ciudad ha atravesado décadas de movilización social: marchas sindicales, protestas indígenas, huelgas, cercos.
Sofía Orihuela (gestora cultural/boliviana) Hace unas semanas, cuando comenzaron los primeros bloqueos en Bolivia, yo estaba tranquila por mi familia en La Paz. Pensaba que sería otro episodio más dentro de la larga historia de convulsiones sociales que atraviesa la ciudad. Crecí muy cerca de Plaza Murillo y desde niña aprendí que las marchas, los cercos y las protestas forman parte de la vida política cotidiana. Mi primer recuerdo vívido es justamente ese: un tanque en plena plaza.
Con esa memoria uno aprende a relativizar. En La Paz, los bloqueos suelen ser parte del paisaje político. La ciudad ha atravesado décadas de movilización social: marchas sindicales, protestas indígenas, huelgas, cercos. De alguna manera, a menudo la ciudad termina encontrando cómo seguir funcionando.
Pero esta vez la sensación empezó a cambiar.
Hoy vivo en Cochabamba, aunque mi familia sigue en el centro histórico de La Paz. Durante los primeros días pensé que la situación se resolvería pronto. Sin embargo, con el paso de las semanas, la preocupación empezó a crecer con cada llamada.
Para entender lo que ocurre, también hay que recordar qué es La Paz. La ciudad no solo es sede de gobierno de Bolivia. Es también el corazón político de un territorio profundamente indígena. En el departamento conviven principalmente pueblos de raíz andina como los aymara y los quechuas, cuyas lenguas —el aymara y el quechua— siguen siendo parte viva de la vida cotidiana junto al español.
Las tensiones sociales y políticas que atraviesan al país muchas veces encuentran en esta ciudad uno de sus escenarios más visibles. En ese contexto aparecen también actores históricos del altiplano, como los llamados Ponchos Rojos. Surgidos en comunidades aymaras del altiplano paceño, especialmente en la provincia Omasuyos, los Ponchos Rojos se consolidaron a comienzos de los años 2000 como una organización comunitaria vinculada a movilizaciones campesinas e indígenas. Su nombre proviene del poncho rojo tradicional que utilizan y que con el tiempo se convirtió en un símbolo político de resistencia indígena.
Las protestas y bloqueos que se han extendido por distintas regiones del país han terminado por cercar los principales accesos a la sede de gobierno. Lo que inicialmente parecía un problema de tránsito o una forma más de presión política comienza ahora a sentirse en lo más básico: la comida.
La ciudad de La Paz tiene alrededor de 755.000 habitantes. Sin embargo, si se considera su área metropolitana —que incluye a El Alto—, la cifra supera los dos millones de personas. Todos dependen diariamente de un flujo constante de alimentos que llega por carretera desde otras regiones del país o desde las provincias del propio departamento.
Cuando esas rutas se bloquean durante días o semanas, el impacto es inmediato.
En distintos puntos del país, camiones cargados con verduras, carne, pollo y otros productos perecederos han quedado detenidos durante días. Parte de esa comida termina pudriéndose en las carreteras, mientras en los mercados de la ciudad los puestos comienzan a vaciarse y los precios suben con rapidez.
Hablar con mi familia me permite sentir ese cambio con claridad. Ellos son tranquilos, de los que no se desesperan si falta un ingrediente específico para cocinar. Siempre han sabido adaptarse. Pero ahora el problema ya no es sustituir un producto por otro. El problema empieza a ser encontrar algo que comprar.
La crisis también ha tenido consecuencias humanas. En medio de los bloqueos, reportes de prensa han señalado que al menos tres personas fallecieron tras no poder recibir atención médica a tiempo debido a las carreteras cortadas en el departamento de La Paz.
Mientras tanto, la presión económica se vuelve cada vez más visible en la vida cotidiana. Hay miles de personas que viven de lo que ganan cada día: comerciantes, transportistas, trabajadores informales. Si no trabajan, no comen. Pero incluso trabajando ahora es más arduo. Si antes con 20 bolivianos alguien podía comprar algo para el día, hoy necesita 40 o 50, y aun así a menudo no encuentra lo que busca.
Las cifras económicas ayudan a dimensionar el impacto. Distintos sectores empresariales han estimado que los bloqueos en el país generan pérdidas que superan los 50 millones de dólares diarios, afectando al comercio, la industria, el transporte y las exportaciones. En el departamento de La Paz, las pérdidas diarias se calculan en alrededor de 15 millones de dólares.
Otros sectores también sienten el golpe. El turismo, uno de los motores económicos del país, ha reportado cancelaciones masivas y pérdidas millonarias mientras viajeros quedan varados o deciden no llegar.
Pero más allá de las cifras, lo que empieza a cambiar es la vida cotidiana.
Los bloqueos ya no afectan solo a los camiones o a quienes están en tránsito. Empiezan a golpear directamente a los mercados, a las cocinas familiares, a las ferias barriales y a las tradiciones alimentarias que sostienen la vida diaria de la ciudad.
Desde Cochabamba, donde vivo actualmente, esa distancia también pesa. Ayer, mientras compraba pollo y carne con tanta facilidad y a precios muy bajos, sentí una incomodidad inexplicable. Pensaba en mi ciudad, en mi gente, en mi familia.
Por eso, incluso desde la distancia, es complejo no sentir que algo se quiebra un poco en el país. No hace falta tener familia allí para preocuparse. No hace falta conocer a alguien atrapado entre bloqueos. Basta recordar que esa ciudad está llena de personas: niños, niñas, adultos mayores, familias enteras, gente común que intenta vivir su día a día como en cualquier otra ciudad del mundo.
Y entonces el ejercicio es inevitable: imaginar qué pasaría si ocurriera en tu propia ciudad. Si de pronto los mercados empezaran a vaciarse, si la comida dejara de llegar, si lo cotidiano se volviera incierto.
Porque cuando una ciudad comienza a sentir la escasez en su mesa, lo que ocurre es una crisis que toca la vida misma.
Y cuando eso pasa en cualquier lugar —en La Paz o en cualquier ciudad del mundo—, la indiferencia deja de ser una opción.
