La espera no tiene patria: el cierre nocturno de la frontera en Colchane

La espera no tiene patria: el cierre nocturno de la frontera en Colchane

Esperas interminables se enfrentan con la paciencia de los pasajeros de buses y choferes de camiones que ahora, hasta noviembre de 2026, deben aceptar a regañadientes una medida impuesta por la burocracia y el descriterio.

Por Sofía Orihuela

Dos días antes del viaje, una noticia breve se coló entre los mensajes del teléfono. El gobierno chileno anunciaba el cierre nocturno del complejo de Colchane: de ocho de la noche a ocho de la mañana, hasta noviembre. La leí con la indiferencia que se concede a los datos remotos, esos que aún no tienen carne. Pensé, con esa ingenua aritmética del viajero, que acaso significaría unas horas de espera, un contratiempo menor, nada que no pudiera resolverse con un poco de paciencia y un café.

Pero la curiosidad, esa insidiosa consejera, me llevó a indagar. Quise saber por dónde cruzarían mis pasos. Y entonces los números dejaron de ser abstractos: Colchane-Pisiga, uno de los pasos terrestres más transitados entre Bolivia y Chile. Miles de almas cada día. Buses internacionales como ballenas varadas en la ruta, camiones que transportaban la respiración misma del comercio, hilera tras hilera. Leía aquellas cifras desde la distancia de mi casa, y todo me parecía un mapa ajeno, un problema de otros.

Salí de Cochabamba con la maleta cargada de ropa, regalos y libros —esos pesos muertos que luego se vuelven testigos—, rumbo a Iquique, luego a Antofagasta, donde me esperaba la Feria del Libro. El bus, una mole de chapa y sueños, partió casi puntual, lleno de bolivianos: familias enredadas en bolsos, comerciantes con la cuenta en la mirada, estudiantes, viajeros de oficio. Algunos conocían la ruta como la palma de su mano; otros, como yo, pegaban la frente al vidrio, intentando descifrar el paisaje como quien lee un idioma extranjero.

La noche se hizo larga, interminable, pegajosa. Mi asiento, junto a una calefacción que había renunciado a su oficio, se convirtió en el centro de gravedad del viaje. Al principio fue una incomodidad; luego, una obsesión. Saqué una chompa de la mochila, luego otra, después la chaqueta. El frío, sin embargo, era un animal que no se ahuyentaba con capas. Dormía a saltos, como quien asoma la cabeza al agua y vuelve a sumergirse, y cada vez que despertaba, la oscuridad seguía siendo la misma.

El amanecer nos encontró llegando a Pisiga. El chofer, con esa voz de rutina que tienen los conductores de larga distancia, anunció la parada: baño, cambio de moneda, algo caliente. Bajé con la señora del asiento vecino, cómplice involuntaria de mis fríos. Compramos un api en un puesto; el vaso calentaba las manos con más fervor que el cuerpo. Nos quedamos un rato bajo el sol, como lagartijas, como si el astro pudiera devolvernos la sangre.

Al regresar, una pareja interrogaba al conductor con la ansiedad contenida de quien ya intuye la respuesta.

—¿A qué hora cree que vamos a pasar?

El hombre no respondió de inmediato. Su mirada se perdió en la distancia, donde la carretera se volvía un collar de vehículos inmóviles. Desde nuestra atalaya, se divisaba una procesión de buses; más allá, una teoría de camiones. Era imposible saber dónde terminaba la fila, porque la carretera seguía y los vehículos seguían con ella, como un río de chatarra detenido en su cauce.

—Yo creo que hay unas veinte flotas delante —dijo al fin—. Y unos veinte camiones. Cada bus demora entre una hora y hora y media.

La pareja hizo cuentas en voz baja; yo hice las mías en silencio. Las cifras cantaban un réquiem. No era una espera: era una condena. Tal vez pasaríamos la noche allí, a la intemperie del altiplano, y cruzaríamos recién al día siguiente, cuando el sol volviera a dar permiso.

Cruzar a pie

Entonces recordé el consejo de un amigo, lanzado al aire antes de partir: si la fila era una serpiente interminable, bastaba con bajar, sacar el equipaje, cruzar a pie como peatón. Del lado chileno, decía, siempre hay buses que te rescatan.

Saqué la maleta. Solo entonces, al levantarla, descubrí su peso verdadero: los libros, esos ladrillos de papel, ocupaban la mitad del espacio; los regalos, el resto. La maleta era un arca de pequeñas promesas.

Empecé a caminar. Las ruedas se hundían en la tierra, en las piedras, en la desidia del camino. A veces rodaban con un gemido; a veces había que alzarlas, y entonces el brazo recordaba que la literatura pesa. Avancé al borde de los buses detenidos, como quien recorre una galería de durmientes. Algunos pasajeros habían desplegado mantas en el asfalto; otros dormían con la frente pegada al vidrio, sus alientos empañando el mundo. Niños correteaban entre los vehículos, dueños de un tiempo que los adultos ya habían perdido. Nadie se apresuraba, porque todos sabían que la prisa era un lujo inútil en aquel reino de la espera.

La fila de peatones, cuando al fin la alcancé, era otra serpiente, más corta pero igual de lenta. Eran las ocho de la mañana. La puerta de control permanecía cerrada, hermética, como un ojo que se niega a parpadear. Todos mirábamos hacia ella, hipnotizados por su inmovilidad. Pasó una hora, y la fila se estremeció apenas unos metros; pasó otra, y el avance fue un susurro.

De los parlantes colgados en los toldos, una voz metálica repetía su letanía: cambio de moneda, baños, café, sándwiches de pollo, sándwiches de palta, mate humeante. Al principio, el sonsonete era un acompañamiento; luego, un mantra; después, un ruido blanco que se filtraba en los huesos. Uno dejaba de oírlo, pero al rato lo volvía a atrapar, como una música que no se elige, pero se termina bailando.

Así pasó la mañana, a saltos de hormiga, a pasos de niño que aprende a andar. El sol se encaramó alto, pero el viento conservaba su filo, y las piernas empezaron a doler, y la espalda a protestar, y el alma a preguntarse si la frontera era un lugar o un estado del ánimo. Pensé, con un agradecimiento tardío, en la suerte de haber dejado el bus: si aún estuviera allí, sería una estadística más en aquella caravana de la paciencia.

Después de ocho horas —ocho eternidades de reloj y de cuerpo— llegué al control. La frontera, que durante horas había sido una inmensidad de vehículos y polvo, se redujo de pronto a un gesto mínimo: el golpe seco de un sello sobre un papel, un timbre que decía “ya pasaste”. Crucé casi sin detenerme, como quien atraviesa un umbral sin ceremonia.

Del lado chileno, aspiré el aire con otra conciencia. No porque el paisaje hubiera cambiado: el altiplano seguía siendo el mismo mar de amarillos y grises, la misma luz hiriente. Pero la sensación, esa sí, era distinta: el cuerpo, que había estado detenido, volvía a ser movimiento. Pregunté por el próximo bus a Iquique. Subí al primero que partía, sin mirar atrás.

A veces, una noticia leída con desdén se vuelve profecía. Una resolución de escritorio, un decreto sin rostro, puede tejer horas muertas, kilómetros de espera, vidas que se consumen en la lentitud de una fila. Y uno no termina de entenderlo hasta que lo carga en los hombros, hasta que lo mide en el peso de una maleta, en el frío de una madrugada, en el sello que cae y dice: aquí termina un país, aquí empieza otro, pero la espera, la espera no tiene patria.