La directora de la Escuela Especial de Lenguaje Oasis del Saber, en Alto Hospicio, fue distinguida con el Premio LED 2026 por su trabajo en articulación con el medio. En entrevista con Ojo con el Norte, aborda las urgencias de la educación chilena, el valor del reconocimiento y los desafíos de gestionar una escuela especial en la región.
Por Rodrigo Ramos Bañados
Katherine Bravo Muñoz, directora de la Escuela Especial de Lenguaje Oasis del Saber de Alto Hospicio, fue reconocida como una de las 30 mejores directoras y directores del país en los Premios Líderes Educativos Directivos (LED) 2026, galardón que otorga la Fundación Impulso Docente. En su cuarta versión, el premio recibió 1.243 nominaciones a nivel nacional. Bravo destacó en la categoría Articulación con el Medio, gracias a una trayectoria orientada a fortalecer los vínculos de la escuela con su entorno y a generar oportunidades de colaboración para sus estudiantes y sus familias.
La ceremonia de entrega se realizará el 27 de octubre en Santiago, donde se oficializará el ingreso de Bravo a la Red de Líderes LED. Antes de ese viaje, la educadora conversó con Ojo con el Norte sobre los desafíos estructurales de la educación chilena, el significado de este premio para la comunidad tarapaqueña y las claves de gestión que han posicionado a su escuela como un referente.
—Como directora de una escuela de lenguaje reconocida a nivel nacional, ¿cuáles son, a su juicio, las problemáticas más acuciantes que enfrenta hoy la educación chilena —especialmente en educación especial e inclusión— y qué urgencias deben priorizarse desde la política pública?
Una de las más urgentes es la distancia que todavía existe entre el discurso de la inclusión y las condiciones reales para implementarla. Las escuelas especiales de lenguaje debemos responder simultáneamente a las exigencias de la Educación Parvularia, la Educación Especial y la normativa general del sistema escolar. Son regulaciones creadas en momentos distintos, no siempre articuladas entre sí, y en gran medida las políticas públicas se siguen diseñando desde la realidad de la educación regular para después adaptarlas a nuestra modalidad.
El Decreto 1300, que nos regula específicamente, data de 2002 y requiere una actualización profunda que dialogue con el Decreto 170, el Decreto 83, las actuales Bases Curriculares de Educación Parvularia y los nuevos enfoques sobre inclusión, desarrollo infantil y diversidad. Esa desarticulación no es solo administrativa: genera interpretaciones distintas, mayores exigencias para los equipos y dificultades concretas para planificar una respuesta educativa coherente.
A eso se suma una inequidad significativa en el financiamiento. Atendemos a niños y niñas de entre 3 y 5 años 11 meses con necesidades educativas especiales transitorias asociadas al lenguaje, pero no contamos con recursos SEP. Dependemos principalmente de la subvención de educación especial y de la asistencia efectiva, justo en una etapa en que el invierno reduce significativamente la asistencia por enfermedades respiratorias y otras condiciones propias de la primera infancia. Eso limita nuestra capacidad de contratar más profesionales, fortalecer el acompañamiento socioemocional, adquirir recursos pedagógicos y responder integralmente a las necesidades de las familias.
Por eso, la política pública debería enfocarse en actualizar y unificar las normas; reconocer claramente la particularidad de las escuelas especiales de lenguaje; crear un financiamiento más seguro, que incluya recursos SEP o algo similar; y asegurar que haya suficientes equipos de diferentes disciplinas. Incluir no significa tratar a todos los establecimientos de la misma manera, sino reconocer sus diferencias y darles los apoyos que necesitan para asegurar igualdad de oportunidades desde los primeros años de vida.
—¿Qué representa el Premio LED 2026 para usted, para su equipo y para la comunidad de Tarapacá? ¿Cuáles fueron las claves que les permitieron destacar a nivel nacional?
—Es una alegría y una enorme responsabilidad. Lo recibo a título personal, pero no lo considero un logro individual: detrás hay una comunidad que durante años ha trabajado para transformar una escuela de educación especial y parvularia en un espacio abierto, capaz de conectarse con su territorio y generar oportunidades que muchas veces no están disponibles para nuestros niños y niñas.
Para nuestro equipo significa que el esfuerzo cotidiano —incluso el que no siempre es visible— tiene valor y puede impactar más allá del establecimiento. Para Tarapacá es también una forma de demostrar que desde una región extrema, desde la educación pública y desde una escuela especial de lenguaje se puede innovar, construir redes y desarrollar una gestión reconocida a nivel nacional. Este premio ayuda además a visibilizar la educación inicial y especial, ámbitos que históricamente han tenido menor presencia en la discusión educativa.
Una de las claves ha sido entender que la escuela no puede trabajar aislada. Hemos abierto nuestras puertas para recibir, pero también para aportar, aprender, enseñar y compartir. La articulación con universidades, instituciones públicas, organizaciones sociales, el mundo de la ciencia, la cultura, el medioambiente, la salud y la seguridad nos ha permitido ampliar las experiencias educativas de los niños y acercar a la comunidad al valor de la educación inicial.
A eso se suman otros pilares: una visión compartida, la innovación pedagógica, la confianza en las capacidades del equipo y una gestión perseverante, que convierte las dificultades en oportunidades. Nuestros reconocimientos ambientales, los proyectos destacados por la Superintendencia de Educación y el Premio LED no son hechos aislados: son fruto de una trayectoria construida por docentes, asistentes, profesionales, familias, instituciones colaboradoras y, especialmente, por nuestros niños y niñas.
—¿Cuáles son los principales desafíos que enfrenta la gestión de una escuela especial de lenguaje y qué estrategias han implementado para mantener la calidad educativa?
Gestionar una escuela especial de lenguaje exige articular dimensiones pedagógicas, técnicas, administrativas y humanas específicas. Uno de los mayores desafíos es responder a las necesidades comunicativas y educativas de cada niño, cumpliendo simultáneamente con las Bases Curriculares de Educación Parvularia, el plan general y el específico de lenguaje. Eso exige una coordinación permanente entre docentes especialistas, fonoaudiólogos, asistentes de la educación, equipos directivos y familias.
También enfrentamos limitaciones de recursos, dificultades de asistencia en ciertos periodos del año y la necesidad de contar con más profesionales que permitan abordar integralmente el desarrollo socioemocional, familiar y educativo. El trabajo con las familias es fundamental, porque los avances logrados en la escuela necesitan continuidad en el hogar. Sin embargo, muchas familias enfrentan jornadas laborales extensas, vulnerabilidad social o dificultades de acceso, lo que nos obliga a buscar formas de acompañamiento más flexibles y cercanas.
Para responder a estos desafíos, hemos fortalecido el trabajo colaborativo entre docentes y fonoaudiólogos, la planificación y evaluación sistemática, el desarrollo profesional del equipo y la creación de experiencias pedagógicas vinculadas con la vida real. Buscamos que los niños no solo aprendan dentro de una sala, sino que exploren su territorio, participen en actividades científicas, culturales, ambientales y comunitarias, y desarrollen progresivamente su autonomía, autoestima y capacidad de comunicarse.
Además, hemos construido redes con instituciones del territorio para acceder a conocimientos, espacios y experiencias que el presupuesto de la escuela por sí solo no permitiría financiar. Nuestra estrategia ha sido transformar la articulación con el medio en parte del proyecto educativo, no en una suma de actividades ocasionales. Mantener la calidad ha requerido creatividad, rigurosidad y un profundo compromiso del equipo. Pero también evidencia que las comunidades educativas no deberían depender solo de su esfuerzo extraordinario: necesitan una política pública que respalde de manera estable el trabajo que realizan.
—Para cerrar, ¿cómo recibe este reconocimiento y qué mensaje le gustaría dejar a la comunidad educativa de Tarapacá?
Recibir este reconocimiento es una alegría profunda y una oportunidad para visibilizar la educación inicial y especial de Alto Hospicio. Representa años de trabajo, perseverancia y confianza en lo que podemos construir desde la educación pública. Aunque distingue mi liderazgo, lo recibo con gratitud hacia docentes, asistentes, familias y quienes han acompañado este camino. Uno de nuestros mayores desafíos ha sido lograr que se comprenda la importancia de los primeros años, donde cada experiencia abre posibilidades para comunicarse y comprender el mundo. Este premio nos impulsa a seguir construyendo una escuela donde todos los niños y niñas tengan oportunidades de aprender y participar.
La Escuela Especial de Lenguaje Oasis del Saber ha desarrollado iniciativas como «Oasito, el osito», «Refugio Sensorial Natural» y «Raíces que Unen», reconocidas por la Superintendencia de Educación, además de contar con certificación ambiental SNCAE en nivel de Excelencia y el reconocimiento de Excelencia Académica. El SLEP Iquique, a través de su director Najle Majluf Morales, valoró el galardón como un orgullo para toda la comunidad educativa y una muestra de que desde la educación pública se están impulsando experiencias que generan transformaciones concretas.
