La masividad del turismo, la irrupción de vehículos motorizados y la falta de educación sobre la fragilidad del ecosistema pueden convertir el milagro de la floración en una nueva tragedia para el desierto.
Texto: Rodrigo Ramos Bañados
Fotos: Gentileza de Caminantes del Desierto
Las lluvias de julio y agosto transformaron el paisaje. Lo que hasta hace semanas era un manto ocre y pétreo, comienza a teñirse de colores. Añañucas, suspiros de mar, patas de guanaco y malvas asoman entre las grietas del desierto más árido del planeta, en un fenómeno que especialistas ya califican como uno de los más extensos de las últimas décadas, con una magnitud comparable a la histórica floración de 1997. La explosión de vida, sin embargo, no solo trae belleza; también plantea preguntas complejas sobre el cuidado, la convivencia y el futuro de estos ecosistemas.
Para encontrar respuestas, conversamos con quienes mejor conocen estos territorios: los integrantes de la Corporación Ecológica y Cultural Caminantes del Desierto, una agrupación con sede en Antofagasta que desde hace años recorre cerros, quebradas y llanos de la cordillera costera documentando su biodiversidad y patrimonio. No son turistas ocasionales. Son testigos permanentes de la vida y la muerte en el desierto.
Desde la cumbre del Cerro Coloso, donde el sol calcina hasta los cactus más resistentes, hasta los senderos del Corredor de Tarapacá, donde el lagarto Microlophus theresioides despliega su velocidad entre arbustos de tamarugo, los Caminantes han visto cómo el desierto se despierta y cómo, también, se deteriora. Su preocupación, ahora, se centra en un fenómeno que promete atraer a miles de visitantes: el Desierto Florido 2026.

La floración como advertencia
El investigador del Instituto de Ecología y Biodiversidad, Cristian Delpiano, anticipa una temporada “magnífica y abundante”, con un despliegue que podría extenderse desde el sur de Antofagasta hasta sectores de Iquique y Tocopilla. Pero para los Caminantes, este espectáculo no es solo una postal para redes sociales. Es, ante todo, la manifestación de un patrimonio frágil y único.
Desde la agrupación lo advierten en sus documentos: “Las especies que comienzan a emerger son en su mayoría únicas, endémicas y nativas. Son nuestro tesoro más preciado, porque tienen vida, se pueden reproducir y son nuestro patrimonio activo y nuestro legado natural”. Un legado que, según su experiencia, ha sido históricamente menospreciado. Recuerdan que, durante décadas, la aridez del territorio se utilizó como excusa para la depredación: árboles y arbustos eran arrancados para convertirlos en leña, una práctica que aún deja huellas en las quebradas profundas.
Hoy, la amenaza es distinta, pero igual de real. La masividad del turismo, la irrupción de vehículos motorizados y la falta de educación sobre la fragilidad del ecosistema pueden convertir el milagro de la floración en una nueva tragedia para el desierto.
Riesgos que no se ven en las fotos
Los Caminantes del Desierto no solo documentan flora. También conocen los peligros que acechan a los imprudentes. En un comunicado interno, detallan riesgos que rara vez se mencionan en las guías turísticas: “No todas las flores se pueden tocar. Hay especies urticariantes, venenosas o que producen irritación por contacto”. Y la advertencia va más allá de la botánica.
La temporada de floración coincide con el celo de los animales y con la presencia de insectos que, aunque minúsculos, pueden provocar reacciones severas. Pero hay una amenaza más oscura: la caza furtiva. “Si ve gente cazando o atrapando aves, retírese del lugar y no los enfrente. Estos individuos son peligrosos y andan armados. Matan guanacos, zorros, yales y chirigües para venderlos en las ciudades”, denuncian. Una práctica que, advierten, convive con la impunidad en algunos sectores, incluso entre quienes se dicen “ancestrales”, aunque los propios originarios, aclaran, “cuidan lo suyo”.
El llamado a la responsabilidad
Ante el escenario que se avecina, los Caminantes del Desierto no piden prohibir las visitas. Piden, eso sí, limitar ciertas actividades, especialmente el uso de vehículos motorizados, al menos hasta que las plantas completen su ciclo de reproducción y las semillas queden aseguradas en la arena. “No queremos detener a los visitantes —explican—. Solo se les pide que limiten o detengan su actividad por un periodo, hasta que las plantas entreguen a la tierra sus semillas y la fauna se perpetúe”.
Porque el desierto, aunque parezca eterno e inmutable, es un ecosistema de ciclos lentos y decisiones rápidas. Una pisada fuera del sendero puede destruir décadas de germinación. Una flor arrancada es una semilla que nunca volverá a brotar.
Este 2026, el desierto de Antofagasta y Tarapacá tiene una oportunidad. La de mostrarse al mundo no solo como una postal de colores, sino como un laboratorio vivo, un archivo genético que guarda respuestas que aún no sabemos preguntar. Los especialistas lo saben: las plantas que florecen hoy podrían contener la cura para enfermedades, el control para la contaminación del suelo o el alimento para generaciones futuras.
