Un experimento político fascinante: Kast y los 100 días de “figuras retóricas”  

Un experimento político fascinante: Kast y los 100 días de “figuras retóricas”  

Una administración construida sobre promesas que eran hipérboles, liderada por ministros que duran menos que un partido de fútbol y con un nivel de coherencia argumental que haría palidecer a cualquier poeta surrealista.

Por Rodrigo Ramos Bañados

Son las 10:30 de la mañana en La Moneda y en el aire flota, denso, el aroma a promesas en estado de descomposición. El gobierno de José Antonio Kast acaba de cruzar el umbral de los 100 días, y lo ha hecho con la elegancia de un cóndor que intenta aterrizar en un tendedero: mucho ruido, algunas plumas sueltas y el riesgo inminente de un desplome estructural.

Si la campaña fue una obra maestra del marketing político -con zanjas imaginarias, aviones repletos de deportados y una “mano dura” que sonaba más a epíteto que a política pública-, la gestión ha resultado ser, en cambio, una colección de ejercicios de estilo. Porque gobernar, al parecer, no es ejecutar; es interpretar. Y vaya que lo han hecho.

Capítulo I: “El ciudadano de a pie” y la hipérbole que se tomó vacaciones

Empecemos por lo que alguna vez fue una promesa. Durante meses, en cada debate, en cada mitin, en cada pieza gráfica de campaña, José Antonio Kast repitió como un mantra: “Desde el primer día expulsaremos a 300 mil migrantes irregulares”. Incluso desplegaron una cuenta regresiva. El 11 de marzo llegó. La cuenta llegó a cero. Y los 300 mil migrantes, parece, no estaban al tanto de la urgencia.

Como la realidad se empeñaba en no plegarse a la retórica, el Presidente salió a aclarar. Primero dijo que era “una metáfora”. Y agregó, con una generosidad semántica que debería ser premiada por la Academia: “Si alguien cree que en un día uno va a expulsar a 300 mil migrantes, creo que entendió mal el mensaje”. Al día siguiente, advirtiendo quizás que la metáfora no le alcanzaba, corrigió: “Quizás la palabra era hipérbole”. El transeúnte habitual -según la definición presidencial- entiende. Lo que no queda claro es si entiende que le prometieron algo que nunca fue real. O si simplemente ha decidido reír para no llorar.

Pero la ironía mayor no está en el cambio de opinión, sino en los números. Según la encuesta Criteria de mayo, un 76% de los chilenos cree que esa promesa debía entenderse de manera concreta y real. Entre los votantes de izquierda, la cifra asciende a un alarmante 94%. Es decir, casi todo el país -menos el Presidente y su círculo más íntimo- interpretó la promesa exactamente como fue dicha: como un compromiso, no como un recurso estilístico. La democracia, señor Kast, no funciona con figuras retóricas.

Capítulo II: El cambio de gabinete más expeditivo de la democracia (o cómo durar menos que una lechuga)

Si las metáforas son complicadas, los nombramientos ministeriales resultaron ser directamente un acto de fe fallido. Apenas 69 días después de asumir, Kast llevó a cabo el cambio de gabinete más ágil desde el retorno de la democracia, destituyendo a dos de sus figuras clave: la ministra de Seguridad -ligada a Tarapacá-, Trinidad Steinert, y la vocera de Gobierno, Mara Sedini.

Steinert era, en palabras de los analistas, “la mayor y más arriesgada apuesta del gabinete”. Kast la convenció de renunciar a la Fiscalía Regional de Tarapacá para asumir el cargo. Sin embargo, su gestión fue una concatenación de errores. Realizó gestiones cuestionadas ante la PDI a las 48 horas de asumir, invocó mal la Ley de Seguridad del Estado y, lo más grave, reconoció que no contaba con un plan formal en materia de seguridad. Así nomás: la ministra de Seguridad del “gobierno de emergencia” no tenía plan de seguridad. Era como nombrar ministro de Salud a un homeópata o ministro de Hacienda a alguien que cree que el dinero crece en los árboles.

Su paso por el Congreso fue particularmente penoso: se la vio nerviosa, leyendo con dificultades, luego de que los diputados le impidieran exponer un PowerPoint. Una ministra desarmada por la ausencia de un archivo de presentaciones. Si esto es “mano dura”, no queremos saber cómo es la mano blanda.

Sedini, por su parte, no se quedó atrás. Su breve paso por La Moneda estuvo marcado por el concepto de “Estado en quiebra” -cuestionado por la Contraloría- y una catarata de traspiés comunicacionales que la convirtieron en la ministra peor evaluada del gabinete, con apenas un 24% de aprobación según Cadem. La periodista, que había sido parte de “la hazaña de Kast en el Movistar Arena” cantando el jingle de campaña, fue citada al despacho presidencial para recibir la noticia de su salida. Luego se tomó vacaciones. Uno entiende: después de 69 días de gestión desastrosa, un descanso es más que merecido.

El propio Kast admitió, con una honestidad involuntariamente cómica: No esperaba hacer este cambio de gabinete. “No era lo que tenía pensado en esta etapa de gobierno”. Si a los 69 días ya estás haciendo cosas que no esperabas hacer, imagina lo que vendrá en los próximos cuatro años.

Capítulo III: El “Tasmania del gabinete” y sus escombros

Si Steinert y Sedini fueron los cadáveres políticos del primer ajuste, el ministro de Vivienda, Iván Poduje (cuyo apellido se ha vuelto, por derecho propio, sinónimo de “problema”), ha decidido convertirse en el “Tasmania del gabinete”. Entra en una habitación, la destruye por completo y sale sin que nadie entienda muy bien qué pasó.

Puduje ha protagonizado enfrentamientos públicos con parlamentarios, vecinos y, lo más notable, con su propio colega de Hacienda, Jorge Quiroz. Cuando Quiroz le sugirió descontinuar algunos programas para ajustar el gasto, Poduje respondió con una declaración que podría ser la definición misma de la falta de coordinación ministerial: “Yo tengo un solo jefe. Se llama José Antonio Kast, el presidente de Chile. Él es mi único jefe”. Es decir, para Puduje, Quiroz es “un ministro más”. Como si el de Hacienda fuera el encargado de la merienda.

Su estilo ha sido calificado dentro del propio gobierno como “confrontacional” e incluso “matonesco”, al punto que los ministros del comité político tuvieron que llamarlo al orden. La presidenta del Senado, Paulina Núñez, y la timonel de RN, Andrea Balladares, han criticado abiertamente sus formas. Pero Poduje, fiel a su estilo, se limitó a hacer una autocrítica moderada: se mostró “dispuesto a mejorar”, aunque sin especificar cómo. Una promesa tan concreta como las del propio presidente.

Lo más curioso es que, pese a todo, Poduje es uno de los ministros más conocidos del gabinete. Según Cadem, alcanza un 73% de conocimiento, el quinto lugar entre todas las carteras. Parece que en Chile, el escándalo vende más que la eficiencia.

Capítulo IV: Quiroz y el arte de gobernar por decreto

Mientras Poduje se dedica a incendiar puentes, el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, ha optado por una estrategia igualmente efectiva: gobernar por decreto y amenaza velada. Sus declaraciones sugiriendo que, si la “megarreforma” no avanza, el gobierno seguirá gobernando mediante decretos, han tensionado las relaciones con el Congreso y han generado más ruido que certezas.

Quiroz ha anunciado “mano dura” contra la evasión de impuestos, con una promesa de recaudar 300 millones de dólares por ese concepto. Pero la “mano dura” de Quiroz -al igual que la de Kast- parece más una figura retórica que un plan concreto. Y mientras tanto, la aprobación ciudadana no deja de caer.

Epílogo: La ciudadanía y su 53% de desconfianza

Porque si hay un dato que resume todo este espectáculo, son las cifras de aprobación. Según Criteria, la desaprobación del gobierno de Kast alcanza un 53%, su nivel más alto desde el inicio de la gestión. Solo un 38% aprueba la gestión presidencial. Y lo más revelador: un 84% de los encuestados considera correcto el reciente cambio de gabinete. Es decir, los chilenos no solo están descontentos: creen que el presidente está tan perdido como para necesitar ajustar su equipo a los dos meses.

Así las cosas, el gobierno de José Antonio Kast se ha convertido en un experimento político fascinante. Fue una administración construida sobre promesas que eran hipérboles, liderada por ministros que duran menos que un partido de fútbol y con un nivel de coherencia argumental que haría palidecer a cualquier poeta surrealista. Como diría el propio presidente: “El ciudadano de a pie entiende”. Y lo que entiende, señor Kast, es que le prometieron la luna y le están entregando un espejismo.

Mientras tanto, la zanja en la frontera norte sigue siendo una obra pendiente. Los 300 mil migrantes siguen en el país (algunos, quizás, preguntándose si ellos también son una metáfora). La ciudadanía espera, con una mezcla de paciencia infinita y resignación crónica, a que alguien, en algún momento, cumpla una promesa que no tenga que ser reinterpretada por la RAE.

Quizás lo único que no necesita interpretación es la realidad: la desaprobación crece, las metáforas no construyen viviendas, los decretos no reemplazan al diálogo político y las vacaciones de los voceros no son un plan de comunicaciones. El gobierno de Kast prometió “mano dura”, pero por ahora, solo ha mostrado “mano en el diccionario”. Y el diccionario, como bien sabemos, no detiene a la delincuencia, no construye hospitales y, por supuesto, no deporta a nadie.