El escritor Juan Podestá acaba de publicar su último libro, Naufragio que no cesa. Cuentos que dialogan con el desierto.
El desierto no se explica. Se camina. Se contempla. Se padece. Quien escribe sobre él —quien intenta ponerle palabras a esa inmensidad que parece vacía, pero que está llena de ruinas, de sal, de huesos y de miradas que vigilan desde la nada— sabe que la pampa es una escritura. Y la escritura, dice Juan José Podesta (Tocopilla, 1979), es la rugosidad del desierto.
El escritor Juan José Podestá —autor de textos como Isla Podestá, Chonpen o Playa Panteón— acaba de publicar Naufragio que no cesa (Ala Negra Ediciones), un libro que funciona como una geología del escape y la persecución, en torno a un desierto que habla, atrapa y comprime. Pero también, y sobre todo, como un innovador ejercicio literario surgido en Iquique -donde vive el autor-, donde el mar y la arena se miran todo el día, como dos animales que no terminan de reconocerse.
Se trata de un libro anclado en la prosa versátil y madura de uno de los escritores más auténticos de la comarca nortina. En Naufragio que no cesa, dos de sus relatos son inéditos —y los otros tres fueron publicados, pero en este libro fueron reescritos o modificados—. El libro ya está disponible a través de las redes sociales de la editorial: @alanegraediciones.
-¿Puedes ahondar en cómo el desierto actúa no solo como un escenario, sino como una fuerza coercitiva, que determina las posibilidades de fuga y captura de tus personajes?
-El desierto es no solo un escenario, como bien señalas, sino un espacio productor, espacio que dinamiza y conflictúa las relaciones entre humanos, animales y medio ambiente. La planicie del baldío tensiona las miradas y los vínculos, porque desbarata la ilusión de diferencia y en cambio restituye la antiquísima idea de que lo que está presente y configurado en lo pequeño lo está también en lo inmenso, el conocido “como es arriba es abajo”, todas esas reflexiones que han sido desplazadas por la necesidad de pensar lo nuevo, lo urgente, la diferencia. En este sentido, el desierto no es tanto una fuerza coercitiva o determinista, sino que, por el contrario, es una potencia natural —y humana— que nos sitúa en las preguntas: ¿puede haber algo en donde en apariencia nada hay? ¿Cómo el relato puede inventar y reinventar el desierto? ¿Cómo se cuenta? ¿Cómo nos interpela? ¿Cómo lo interpelamos nosotros?
Me parece que el desierto opera como un espacio de total apertura, y en este ámbito es como la escritura. El arenal abre y no cierra. Eso es lo fabuloso. El desierto es una escritura. Y viceversa.
¿Qué rupturas o experimentos narrativos, estilísticos o formales introduces en Naufragio que no cesa que la distancian de tu obra anterior?
-No creo que podría hablar de experimentos o rupturas. Mi convicción es que la escritura es lo opuesto a la redacción. La redacción es el plano, el mapa, la señalética. La escritura es la rugosidad del desierto, sus matices, todo eso inapresable, que fuga y que sin embargo deseamos asir. Más allá de que haya zonas demarcadas y que uno mismo pueda efectuar recortes materiales o mentales sobre el territorio desértico, lo cierto es que este es siempre nuevo para el ojo del que no está familiarizado con él. Incluso conocerlo muy bien no ofrece garantías de no extraviarse. Con Malebrán (Juan, poeta) hablábamos el otro día de que en sitios como el pampal el sujeto pierde centralidad: otras cosas son las importantes.
¿De qué manera tu trayectoria previa en el «cuento negro del desierto» influyó en la creación de estas nuevas historias? ¿En qué sentido los relatos inéditos profundizan o subvierten las temáticas y atmósferas que te han caracterizado?
-Me gusta lo de “cuento negro del desierto”. Alguien lo llamó noirdesértico. Todo ese material previo fue condición necesaria para escribir y montar este grupo de relatos (dos son inéditos y otros tres fueron reescritos o modificados). Lo que intento es profundizar una narrativa afincada en lo desértico, delinear aquello que antes estaba bosquejado. El desierto como soporte y productor de tramas y escrituras vinculadas al crimen, a la historia; zona liminal, fronteriza, hecha de tensiones, disputas, tráficos, opacidades, matices.
¿Qué simboliza para ti esta imagen recurrente del naufragio como una condición permanente?
-Creemos que estamos pisando certezas, que tenemos la razón (¡vaya ilusión!), que las cosas en nuestra vida y en la sociedad debieran ser de una forma u otra, cuando en realidad basta un pequeño viento, un par de olas, una breve tormenta de arena para que todo se vaya al carajo. Ir a la deriva, dicen en el mundo del mar, cuando una embarcación está a la deriva; pues bien, creo que siempre estamos al garete, mareados, empampados.
