El éxodo de los arácnidos: Cuando la minería y el desierto empujan a las arañas de rincón hacia las ciudades

El éxodo de los arácnidos: Cuando la minería y el desierto empujan a las arañas de rincón hacia las ciudades

La minería modifica el paisaje. El clima lo recalibra. Y los arácnidos, simples pragmáticos de ocho patas, se mueven. Hacia las ciudades.

El doctor Andrés Taucare Ríos camina por el borde de un rajo abierto con la libreta en una mano y la sombra del cerro estéril cubriéndole los hombros. Es biólogo y aracnólogo, académico e investigador de tiempo completo en la Facultad de Ciencias de la Universidad Arturo Prat (UNAP), en Iquique. Doctor en Ciencias Biológicas, ha dedicado más de una década a entender cómo sobreviven las arañas de rincón y los escorpiones en el desierto más árido del planeta. Su trabajo destaca no solo por la rigurosidad taxonómica, sino porque conecta la ecología de estos animales con un problema creciente de salud pública: el desplazamiento de especies hacia las ciudades.

El tajo mastica la cordillera desde hace décadas. Abajo, donde la roca molida se acumula en cerros de estériles, ya no hay madrigueras. Taucare no anota datos de producción. Él viene a constatar una ausencia.

—La minería afecta la fauna de escorpiones y arañas modificando el paisaje, a través de la reducción o pérdida de sus hábitats —explica mientras señala una loma arrasada—. Si alteramos los hábitats, estos animales pueden ser desplazados y eventualmente desaparecer o moverse hacia ambientes urbanos.

Esa es la primera capa del problema. La segunda es que el desierto de Atacama, el más árido del planeta, ya es de por sí un límite extremo para la vida. Y la tercera, que el cambio climático está resecando aún más el territorio, empujando a ciertos arácnidos a expandirse hacia el sur. El resultado: lo que hoy es un problema sanitario localizado en el norte podría volverse crónico en regiones que hasta ahora se creían a salvo.

El que realmente duele

En las regiones de Tarapacá, Parinacota y Antofagasta conviven varias especies de arácnidos. Sin embargo, no todas representan el mismo riesgo clínico. Taucare Ríos lo resume con una precisión que desmonta décadas de temores mal orientados:

—Así es. En el desierto es común encontrar especies distintas del género Loxosceles y Sicarius, además de los escorpiones del género Brachistosternus. Solo los primeros géneros tienen un riesgo clínico; los escorpiones no son peligrosos.

La Loxosceles laeta, conocida como araña de rincón, produce un veneno con efecto necrosante que puede destruir tejidos y, en casos graves, provocar fallos sistémicos. El Sicarius, más sigiloso y adaptado a las dunas, comparte un potencial similar. En cambio, los escorpiones amarillos que suelen alarmar a los pobladores son, desde el punto de vista clínico, inocuos. El miedo, una vez más, no se distribuye con justicia epidemiológica.

Arquitectos del subsuelo

¿Cómo logran sobrevivir estas criaturas donde llueve una vez cada década? Taucare ha pasado años observando sus estrategias. La respuesta está bajo la superficie.

—Tienen comportamientos termorregulatorios —explica—. Específicamente, buscan lugares con humedad para construir sus madrigueras y tienden a seleccionar temperaturas cálidas para desarrollarse, capturar presas y reproducirse.

Los escorpiones del género Brachistosternus excavan galerías que pueden superar el medio metro de profundidad. Allí abajo, donde la tierra conserva una humedad residual que la superficie ignora, esperan las horas de calor extremo. Emergen de noche, cuando el termómetro desciende, para cazar insectos y regular su metabolismo. Son ingenieros del desierto. Pero ni la madriguera más profunda resiste el paso de una excavadora o la acumulación de estériles mineros.

Andrés Taucare, estudioso de los arácnidos.

El desierto avanza y ellos también

El cambio climático añade una variable que Taucare y su equipo ya comenzaron a modelar. Con experimentos de laboratorio y modelos de nicho ecológico basados en variables bioclimáticas, han proyectado escenarios preocupantes.

—Tanto a micro como a macroescala, las arañas como Loxosceles y Sicarius buscan lugares secos y con bajas precipitaciones, por lo que deberían expandirse hacia el sur debido al proceso de desertificación —advierte el investigador—. No tenemos demasiada información sobre los cambios altitudinales, pero podemos esperar cambios similares.

Dicho de otro modo: mientras el desierto avanza hacia el sur, empujado por el aumento de temperaturas y la caída de las precipitaciones, las arañas de rincón y los Sicarius avanzan con él. Lo que antes era un problema confinado a las viviendas de Antofagasta o Iquique podría empezar a repetirse en La Serena, Coquimbo y, con el tiempo, más abajo. No es una invasión. Es una recolonización silenciosa de territorios que se vuelven, climáticamente, aptos para ellas.

Venenos que podrían curar

Entre los componentes del veneno de estas especies hay moléculas de alto interés biomédico. Se han documentado péptidos con potencial analgésico, neuroprotector e incluso insecticida. Taucare lo confirma, pero frena cualquier euforia.

—Efectivamente, en literatura se ha documentado la presencia de péptidos y compuestos bioactivos de interés biomédico o para uso como insecticida —dice—. Personalmente, he participado en estudios que relacionan el potencial de estos arácnidos en el norte de Chile, pero no hemos podido extender demasiado las investigaciones. Obtener analgésicos o fármacos para enfermedades es un salto cualitativo que aún no hemos podido desarrollar; recién estamos dando nuestros primeros pasos desde una perspectiva científica.

La frase es honesta y también descorazonadora. Existen moléculas especiales en los venenos del desierto que pueden bloquear canales iónicos relacionados con el dolor crónico. Sin embargo, la investigación en Chile en este área no ha avanzado desde la descripción básica hasta las etapas de desarrollo preclínico o clínico. Falta financiamiento, falta masa crítica y, sobre todo, falta continuidad.

El proyecto que quedó en resultados preliminares

En abril de 2023, Taucare anunció con cuidado un avance alentador: están trabajando en un coadyuvante hecho de una planta nativa para reducir los efectos dañinos del veneno de Loxosceles laeta antes de que la víctima llegue a un centro de salud. La idea era generar un producto de venta libre, algo para aplicar en los primeros minutos después de la mordedura, ganando tiempo valioso.

Hoy, la respuesta es quirúrgica y dolorosa:

—No pudimos continuar con el proyecto. Era una colaboración con investigadores de la Universidad de Concepción, pero no se pudo desarrollar. Solo se obtuvieron resultados preliminares.

El silencio que sigue pesa como un estéril minero. No hubo fondos para escalar, o los plazos de colaboración vencieron, o la burocracia académica terminó por sepultar la iniciativa. Lo único que queda son esos resultados preliminares: datos en un cajón, una promesa de aplicación que nunca llegó a farmacia.

El éxodo ya empezó.

Mientras Taucare cierra su libreta y mira otra vez hacia la mina, los arácnidos del norte siguen su curso. Los Brachistosternus cavan donde aún pueden. Las Loxosceles se refugian en los muros de las poblaciones. Los Sicarius esperan bajo la arena, inmóviles, con la paciencia de los que han sobrevivido a cada extinción masiva.

La minería modifica el paisaje. El clima lo recalibra. Y los arácnidos, simples pragmáticos de ocho patas, se mueven. Hacia las ciudades. Hacia el sur. Hacia los rincones que la especie humana, sin saberlo, les está preparando.

La crónica de este desencuentro no tiene un final feliz ni apocalíptico. Tiene, más bien, el tono de una advertencia informada: el riesgo clínico de la araña de rincón no va a desaparecer. Va a mudarse. Y cuando lo haga, no habrá un coadyuvante en la farmacia para recibirla.