Bolivia, olla a presión

Bolivia, olla a presión

La crisis deja ver, una vez más, las dos Bolivias que se necesitan y se desconfían, que comparten territorio, pero no siempre proyecto. Mientras el altiplano mira al Estado, a la mina, a la subsistencia, el oriente mira al mercado, a nuevas rutas de exportación saltándose la otra Bolivia.

Por Rodrigo Ramos Bañados

Hay dos lugares donde se entiende el dilema interno que atraviesa Bolivia. Dos lugares donde el país se confiesa sin decirlo.

El primero son las bencineras. No las de postal, sino las de barrio, esas donde la fila serpentea. Ahí están los autos, de todos los años, algunos destartalados, detenidos, humeando paciencia, desde antes de que el gobierno quitara la subvención; ahora, más todavía. Los conductores esperan, calculan, negocian con el reloj, apagan el motor para no gastar, lo encienden para avanzar un metro, lo apagan otra vez. El olor a diésel se pega a la ropa, a la piel, al humor. En esas filas no solo se espera combustible: se espera una explicación, una señal de que el Estado todavía puede sostener el pacto. La bencinera es termómetro y confesionario. En sus colas se mide la paciencia de un país, y también su desgaste. Cada auto, moto o bus detenido es una pequeña huelga silenciosa, una queja que no se grita pero se respira.

Pero no todo combustible es igual, ni todo combustible es legal. Circula uno turbio, de procedencia dudosa, que dejan en las casas o en postas improvisadas al borde de la carretera, en bidones que alguna vez tuvieron otra etiqueta. Se vende bajo cuerda, a un precio que sube con la desesperación del comprador, y que a veces deja el motor tosiendo, dañado, como si el propio vehículo protestara por lo que le hicieron tragar. En esas ventas clandestinas no hay filas ni horarios: hay un trato rápido antes de seguir camino. El altiplano, con sus distancias inmensas, empieza a parecerse a esas películas donde el combustible es la única moneda que importa, donde los pueblos se organizan alrededor de un bidón como antes se organizaban alrededor de un pozo de agua. No hace falta demasiada imaginación para pensar en Mad Max: la carretera boliviana, bajo el sol del altiplano, ya tiene ese aire de distopía itinerante, de sobrevivientes que negocian litros como quien negocia balas.

El segundo lugar son las plazas. Operan como teatros, ventas de helados y café, pero también como lugares de discursos —no evangélicos como en Chile, sino políticos—, donde se evidencia esa manera socrática de decir las cosas, muchas veces en lengua indígena. Ahí el debate no pasa por pantallas: pasa por la palabra, por el cuerpo, por la ronda. En ciertas partes de Bolivia, por suerte, todavía no entran los grupos de WhatsApp y sus métodos para reunirse. La convocatoria se hace a viva voz, con la comunidad entera respirando junta. Eso da a la política un rostro más humano, y también más impredecible. En las plazas se cruzan el dirigente y la mujer de pollera, el jubilado y el estudiante, el vendedor ambulante y el que solo vino a mirar. Se mezclan el quechua, el aimara y el castellano, y la política vuelve a ser una práctica de carne y hueso, con olor a fritura y a lluvia.

Bolivia atraviesa un clima de tensión interna en medio de una paz impuesta o negociada por el gobierno: eso que se llama estado de excepción. Es una calma con los músculos tensos. Puede decirse que en alguna parte del país se está juntando fuerza para protestar con más vehemencia ante el gobierno. Se acumulan agravios como se acumula el gas en una habitación cerrada: no se ve, pero se siente. En los rumores, en las reuniones nocturnas, en el Chapare. Pero, desde un punto de vista externo, la protesta debería hacerse con más “originalidad”; es decir, no bloqueando los caminos con todo lo que conlleva en cuanto al desabastecimiento y contra la golpeada industria turística. El bloqueo fue durante décadas el arma más eficaz; hoy aparece como un repertorio gastado, que golpea primero a los más pobres, que encarece el pan, que retrasa las medicinas y que ahuyenta. La originalidad no se decreta, pero la necesidad de inventar otra forma de presión es cada vez más urgente. El país no puede seguir quemando sus propios puentes para hacerse oír.

Por otro lado, un gobierno empecinado en parecerse a las nuevas derechas latinoamericanas, donde se está traspasando el costo a las personas —la subvención a los combustibles, entre otras— y con una serie de inoperancias que se cuentan con los dedos, según los bolivianos. Un gobierno que, con aval del estado de excepción, no ha solucionado nada; más aún con una explosión en un recinto militar con muertos que reveló la falta de empatía entre gobierno y militares. Ese episodio, más que un accidente, fue una radiografía: mostró la distancia y la desconfianza. No hay empatía, y sin empatía no hay autoridad que se sostenga. En un país con historia de golpes y cuarteles, esa grieta no es un detalle menor: es una señal de alarma que nadie quiere leer.

Bolivia continúa siendo una olla a presión. El ejemplo es burdo, pero efectivo. Especialmente la Bolivia de los Andes, cuyas venas llegan al valle de Cochabamba. Porque, digamos, la Bolivia del oriente, Santa Cruz, vive con su propio reloj, esperando en su lujo impostado la posibilidad de mayor independencia. No es solo autonomía: es otra idea de país. Mientras el altiplano mira al Estado, a la mina, a la subsistencia, el oriente mira al mercado, a nuevas rutas de exportación saltándose la otra Bolivia. Dos Bolivias que se necesitan y se desconfían, que comparten territorio pero no siempre proyecto. La olla no estalla siempre por donde uno cree. Puede ser una chispa en una bencinera, un discurso en una plaza, un disparo en un cuartel, una fila que ya no aguanta. El dilema sigue abierto, hirviendo a fuego lento: cómo convivir sin que la presión arrase con todos.

La foto es de la Agencia EFE y fue publicada en El Desconcierto.