Una crónica desde el polvo sagrado de La Tirana, con la voz del cultor iquiqueño Rodrigo Miranda Flores

Una crónica desde el polvo sagrado de La Tirana, con la voz del cultor iquiqueño Rodrigo Miranda Flores

La Tirana en julio se convierte en el ombligo del norte. Allí, entre el estruendo de las bombas y el resplandor de las lentejuelas, las últimas comparsas desfilan entre el polvo que levantan los pasos devotos.

En medio de la fiesta de La Tirana se encuentra una figura que no es un mero visitante ni un académico de escritorio. Es Rodrigo Miranda Flores, iquiqueño de nacimiento y tarapaqueño de alma, un folclorista que ha hecho de la música tradicional su oficio, su fe y su bandera.

Miranda no llegó a la música por casualidad. Creció en calle Thompson escuchando el rumor de las bandas en las calles de Iquique. Hoy, con una trayectoria que abarca décadas, es reconocido como uno de los compositores y cultores más destacados del norte, pero también como una voz crítica que no teme señalar las grietas del sistema cultural chileno. Para entender su obra, hay que caminar con él por las calles de La Tirana, escuchar sus relatos y dejar que su memoria —afilada como el metal de una trompeta— nos guíe a través de los sonidos, los colores y las contradicciones de una fiesta. Esta fiesta es, ante todo, un milagro de resistencia.

Devoción y familia

Cuando se le pregunta a Rodrigo Miranda cuáles son los pilares que sostienen el patrimonio musical y cultural de la Fiesta de La Tirana, su respuesta no se queda en la superficie del brillo y el espectáculo. Para él, la esencia es mucho más honda y se enraíza en la tierra misma. “Los niños y jóvenes aprenden que bailar es una promesa y un acto de fe, más que una presentación artística”, afirma con la convicción de quien ha visto generaciones enteras formarse al interior de las sociedades religiosas. Y es que en La Tirana, el baile no es un mero ejercicio coreográfico: es un contrato sagrado con la Virgen del Carmen, un pacto que se sella con sudor, sacrificio y una disciplina férrea.

Miranda desglosa con paciencia de maestro los elementos que configuran este universo único. En primer lugar, está la tradición familiar, el núcleo duro de la transmisión. Muchos niños ingresan a las filas de los bailarines porque sus padres, abuelos y tíos ya llevan décadas en la misma sociedad. El conocimiento no se aprende en un libro ni en un conservatorio; se hereda en los ensayos, en los viajes, en las conversaciones al borde de una carpa y en la memoria de los pasos que se repiten año tras año.

Luego están las sociedades religiosas de baile, verdaderas escuelas de vida donde se enseñan disciplina, respeto por los mayores, compromiso comunitario y el significado ritual de cada danza. Allí se forjan los valores comunitarios. La solidaridad permite que cientos de personas organicen una fiesta sin más presupuesto que su fe. El trabajo voluntario transforma el desierto en un escenario y el sentido de pertenencia que hace que un bailarín se sienta parte de algo mucho más vasto que él mismo.

Pero no hay baile sin música, y ahí entran las bandas de bronce y los conjuntos de lakitas, que conservan ritmos, melodías y formas de ejecución que son patrimonio exclusivo del norte. Miranda se detiene con especial cariño en las danzas tradicionales. Los chinos con sus banderas y danzas de guerra, los morenos con sus pasos pausados y máscaras imponentes, los gitanos, los tinkus, los caporales y las diabladas son un reflejo de siglos de intercambio cultural andino. Cada uno de estos bailes tiene su propia historia, su propia coreografía y su propio diálogo con la fe.

Tampoco olvida la confección de trajes y artesanía, ese mundo silencioso de bordadores, mascareros y artesanos que transmiten técnicas y simbolismos que son parte del patrimonio material. Cada lentejuela, cada pluma y cada color tiene un significado que se pierde si no hay quien lo explique y lo valore.

Y, por supuesto, está la tradición oral, ese hilo invisible que une a los antiguos con los jóvenes a través de relatos sobre la historia de la Virgen, los milagros, las promesas cumplidas y las anécdotas de los bailarines de antaño. Todo ello se fusiona con el patrimonio andino —las cosmovisiones aymara y quechua— que se entrelazan con el catolicismo para dar forma a un sincretismo religioso que no tiene parangón en el país.

Pero Miranda no es un nostálgico que se aferra al pasado. Reconoce que hoy existen nuevas formas de transmisión: escuelas de danza, talleres, redes sociales, documentales y registros audiovisuales que permiten que los jóvenes conozcan y valoren la fiesta sin que ello reemplace el aprendizaje directo dentro de las familias y las sociedades. “En conjunto, estos elementos permiten que la Fiesta de La Tirana siga siendo un patrimonio vivo”, concluye. Una tradición que no solo se conserva, sino que se recrea y fortalece cada año gracias a quienes la practican y la transmiten a las nuevas generaciones.

El salto cualitativo

En medio de esa labor silenciosa y constante, un reconocimiento llegó a iluminar la carrera de Rodrigo Miranda con una luz distinta. Se trata del concurso Margot Loyola, organizado por la Sociedad Chilena del Derecho de Autor (SCD), uno de los galardones más prestigiosos en el ámbito de la música folclórica chilena. Para Miranda, obtener un lugar en ese certamen no fue un trofeo cualquiera para la repisa. “Ha significado un salto cualitativo en mi carrera”, confiesa con honestidad: “me ha permitido ganarme un lugar en el difícil mundo de la canción folclórica chilena”.

El reconocimiento de la SCD, que lleva el nombre de la legendaria folclorista y académica chilena, es una suerte de certificación de excelencia. Miranda valora especialmente haberse “codeado con los mejores y más renombrados autores de música tradicional chilena”. Esa interacción, ese roce con la élite del folclor nacional, no solo le ha aportado valiosa experiencia en producción musical y en los entresijos de la industria, sino que también le ha significado un crecimiento personal imparable.

Pero hay un aspecto que Miranda subraya con especial énfasis: el premio no es un logro individual, sino una puerta que se abre para toda su región. “Ha servido para que mis hermanos músicos y compositores de música tarapaqueña, de generaciones que vienen detrás de mí, también puedan acceder a espacios importantes de la música chilena”, dice. En esa frase late el espíritu del maestro que sabe que su éxito allana el camino para los que vienen pisando fuerte detrás de él.

Sin embargo, el relato de este logro se tiñe rápidamente de un tono agridulce. A pesar del prestigio nacional y de la validación de sus pares en Santiago, Miranda constata con amargura que este reconocimiento “no se ha visto reflejado en acciones de apoyo de los diferentes estamentos gubernamentales que, supuestamente, están para apoyar y dar cabida a estas expresiones culturales”. El premio Margot Loyola le abrió las puertas de la capital, pero no las de las oficinas regionales.

El portazo institucional

Aquí es donde la crónica se vuelve un relato de resistencia y desencanto. Rodrigo Miranda no se guarda nada al referirse a la relación con las instituciones locales. “Las instituciones directamente relacionadas con la cultura local siempre están al debe con los autores y músicos tarapaqueños”, sentencia con una dureza que nace de años de frustración acumulada. Su memoria se remonta a innumerables gestiones que prometieron apoyo y terminaron en nada.

“No recuerdo alguna gestión estatal que haya estado a la altura de lo que se merece nuestra cultura regional”, lamenta. Y los ejemplos concretos abundan en su discurso: cambios de fecha en los proyectos que llevan directamente al error administrativo y a la posterior anulación de ayudas que ya habían sido comprometidas. Para un artista que vive de su oficio y que necesita planificar viajes, grabaciones y presentaciones con anticipación, estos imprevistos no son simples molestias; son verdaderos “portazos en la cara”.

Miranda aclara que esta situación no es un capricho personal ni una queja aislada. “No solo para mí, sino para otros artistas regionales que hemos dedicado una vida entera al servicio del folclore regional tarapaqueño”, subraya. Es la experiencia compartida de una generación de cultores que han visto cómo el apoyo institucional se diluye entre burocracias, cambios de gestión y, en el peor de los casos, indiferencia.

El contraste es brutal cuando se compara con la realidad de otros países o incluso de otras regiones chilenas. Miranda señala que ha tenido que recurrir a generar recursos propios para viajes y acciones artísticas que en cualquier otro país o región hubiesen sido apoyadas por el Estado”. Esa autogestión forzosa, que podría ser vista como un mérito, es en realidad una condena para un artista que debería poder concentrarse en crear, no en recaudar fondos para cubrir las funciones básicas de representación regional. “La institucionalidad está constantemente al debe tanto en el apoyo como en la difusión de nuestra música”, insiste.

El aplauso

Pero si hay un capítulo que ilumina el relato de Rodrigo Miranda con la calidez del sol de la pampa, es el del vínculo con su público. “La relación con el público es otra cosa”, dice, y su tono cambia inmediatamente, se vuelve más ligero, casi sonriente. Permanentemente recibo muestras de cariño, apoyo a mis composiciones y trabajos musicales.

Y para demostrar ese cariño, Miranda no necesita recurrir a abstracciones ni a sensaciones. Tiene un dato contundente, una cifra que habla por sí sola y que cualquier gestor cultural envidiaría: sus discos Antología de la música del Tamarugal, volúmenes 1 y 2, fueron un fenómeno de ventas en la región. “Más de 5.000 copias vendidas en 3 días”.

En un país donde el mercado del folclor es reducido y donde los discos físicos han sido arrinconados por las plataformas digitales, vender cinco mil copias en un fin de semana es una hazaña que habla de una conexión profunda y masiva con la identidad local. Ese éxito, como él mismo dice, habla por sí solo”. Es la prueba fehaciente de que el pueblo tarapaqueño valora y necesita la música de Miranda, que la siente como propia.