Tras las funciones de avant premiere los comentarios elogiaron la calidad de las actuaciones, la solidez de la puesta en escena y la vigencia de una historia que dialoga con el presente.
El Teatro Municipal de Iquique tiene una memoria de madera. Sus muros de pino Oregón, traídos desde Estados Unidos en 1889, han sido testigos de la historia que transcurrió frente a la Plaza Arturo Prat. La opulencia del salitre, las masacres obreras, los bailes de la élite y, también, las funciones del teatro obrero que crecía en las calles de la ciudad puerto. Declarado Monumento Nacional en 1977, este recinto ha sido durante más de un siglo el escenario donde Iquique se ha mirado a sí mismo.
Sin embargo, el pasado jueves 23 de julio, el Municipal fue algo más que un escenario. Fue el lugar del reencuentro.
Más de 600 personas colmaron el aforo del teatro, algunas de las cuales no lograron ingresar. No vinieron a ver una obra cualquiera. Llegaron a ver a Claudina. A ver, resucitar a una mujer que había sido enterrada por los relatos oficiales, pero que nunca desapareció del todo de la memoria de su familia y de la pampa.
Una mujer de carne y hueso
Claudina del Carmen Morales Pavez nació en 1892. Llegó al Norte Grande a comienzos del siglo XX, siendo apenas una niña, enganchada con su padre en el barco Mapocho hasta el puerto de Taltal. Allí comenzó a “empaparse” de la vida pampina: costurera, madre, trabajadora en fábricas de tabaco, ayudante en fondas salitreras. Pero fue en el teatro donde encontró su voz y su misión.
Claudina dirigió compañías de teatro obrero en oficinas como Peña Grande, Cala Cala y Santa Laura. Recorrió Iquique, Mejillones y Antofagasta, y convirtió la escena en una trinchera. Para ella, el teatro no era mero entretenimiento: era escuela popular, tribuna de conciencia y herramienta de organización. Enseñó a leer a trabajadores analfabetos, promovió la creación del Centro Artístico Nicanor de la Sotta y mantuvo vínculos con Luis Emilio Recabarren y Elías Lafferte.
Llegó incluso a interpelar al presidente Arturo Alessandri Palma, quien tras aquel primer encuentro sostuvo con ella comunicación epistolar y llegó a sentir profunda estimación por esta mujer que se atrevía a decirle lo que sus representantes provinciales ocultaban.
Fue conocida como la “madre de Tarapacá”. Y sin embargo, durante décadas, su nombre permaneció en el silencio.

El desafío de la memoria
Ese silencio es lo que el dramaturgo Iván Vera-Pinto Soto, antropólogo, pedagogo y director del Teatro Universitario Expresión de la Universidad Arturo Prat, decidió romper. Basándose en la novela homónima del Premio Nacional de Historia Sergio González Miranda —un libro que el autor comenzó a escribir en los años ochenta, en plena dictadura—, Vera-Pinto construyó una propuesta escénica que trasciende la mera reconstrucción histórica.
“Desde hace más de dos decenios viene trabajando en una línea de teatro que es el teatro de la memoria, y que significa poder rescatar, resignificar hitos, personajes y acontecimientos fundamentalmente de Tarapacá y ponerlos en escena”, explicó el director.
Vera-Pinto lo expresó con claridad: La novela (publicada por Editorial Pampa Negra) de Sergio González Miranda posee una extraordinaria riqueza histórica, documental y etnográfica. El desafío consistió en descubrir el conflicto humano que late bajo esa vasta trama, porque el teatro no reproduce una novela: la convierte en una experiencia viva”.
Y esa experiencia viva no podía estrenarse en cualquier lugar. Tenía que ser en el Teatro Municipal.
El símbolo y la reivindicación
“El estreno en el Teatro Municipal tendrá un carácter especial y simbólico, ya que llevamos una obra que retrata la vida y las luchas de los trabajadores a un espacio que históricamente estuvo reservado para las élites económicas, rindiendo homenaje a la figura de Claudina Morales”, afirmó Vera-Pinto antes del estreno.
El contraste no podía ser más elocuente. El teatro construido en pleno auge salitrero para el entretenimiento de las clases pudientes, aquel mismo recinto que Alonso Pizarro —nieto de Claudina— recuerda como cine en 1971, y que su madre, la actriz Marina Navarro, recorrió en el “Teatro Móvil n.º 4” llevando el arte de Arica a Punta Arenas, se convertía ahora en el espacio donde la memoria de una mujer pampina era restituida con honores.
La puesta en escena, que durante una hora y media mantuvo al público cautivo, se distancia deliberadamente del naturalismo y el costumbrismo. La escenografía se articula a partir de cajones móviles y objetos esenciales que, en permanente transformación, sugieren la pampa, el puerto y los espacios de la memoria. El vestuario, concebido por Jeannette Baeza Rivero, recupera los colores del paisaje y recompone los fragmentos dispersos de la memoria colectiva. El coro no actúa como narrador externo, sino como la voz de la comunidad pampina: encarna al pueblo, al paisaje, a la memoria colectiva o a la conciencia de la propia Claudina.
“La obra no pretende ilustrar el pasado, sino establecer un diálogo con el presente, porque las preguntas sobre la dignidad, la justicia y la memoria continúan interpelándonos”, sostiene Vera-Pinto.
El reencuentro
Entre el público, esa interpelación era especialmente profunda. Alonso Pizarro V., nieto de Claudina de su segundo matrimonio con el hombre de mar Andrés Villarroel, asistió a la función acompañado de su hija menor, Natascha Pizarro Standen, y de su prima Carmen Riega Codocedo, nieta del tercer matrimonio de Claudina con el obrero panificador Fermín Codocedo.
Para ellos, ver a Claudina sobre el escenario no era asistir a una obra de teatro. Era como ver resucitar a su abuelita.
Quienes tengan la oportunidad de leer a Claudina pueden llegar a pensar que puede tratarse de una mujer de ficción, por cuanto su vida fue en cierta forma increíble. Pero les aseguro que sí… “Claudina existió de verdad y soy testigo de ello”, dijo Alonso Pizarro.
Esa certeza —la de que Claudina fue real, que sus manos cosieron, dirigieron actores y escribieron cartas al presidente— es lo que la obra de Vera-Pinto y el libro de González Miranda han devuelto a Iquique. No como una biografía más, sino como un acto de justicia.

Una obra que continúa
El éxito del estreno no fue casual. Las funciones de avant premiere realizadas en la Sala Veteranos del 79 agotaron por completo el recinto en ambas jornadas, y los comentarios elogiaron la calidad de las actuaciones, la solidez de la puesta en escena y la vigencia de una historia que dialoga con el presente. La actriz Pamela Zolezzi, quien dio vida a Claudina sobre el escenario, destacó la conexión emocional que significó interpretar a una mujer marcada por la perseverancia y la fuerza femenina.
“Siento que todos tenemos como una Claudina, especialmente las mujeres y las mujeres artistas más que nada, porque dedicarse al arte como mujer es muy difícil, y vivir de eso también”, expresó.
La obra continuará presentándose en el Teatro Veteranos del 79, ese espacio que también ha sido testigo de la memoria pampina y que, como el Municipal, guarda las huellas de un pasado que no termina de pasar.
“Aspiro a un escenario que conmueva, interrogue y movilice”, escribe Vera-Pinto en su entrevista. “Si al concluir la función el público descubre que la historia de Claudina también habla de nuestro presente, la propuesta escénica habrá cumplido su propósito: recordarnos que el pasado no permanece detrás de nosotros, sino que continúa dialogando con el escenario y con nuestra conciencia”.
En una ciudad que ha visto nacer y morir la industria del salitre, que ha sido testigo de masacres y resurgimientos, que guarda en sus teatros de madera la memoria de quienes construyeron el Norte Grande con sus manos, Claudina no es solo una obra. Es una pregunta que sigue abierta. Y una respuesta que, después de décadas de silencio, por fin se escucha.
Las funciones de “Claudina, teatro, amor y revolución en la pampa salitrera” continúan en la Sala Teatro Veteranos del 79 (Zegers #150, Iquique). Entrada liberada previa inscripción.
