Eran las once de la noche y los termómetros de Iquique marcaban 33 grados. No era una noche de febrero, ni siquiera de enero. Era pleno invierno, y la capital de la Región de Tarapacá vivía una de las jornadas meteorológicas más inusuales que se recuerden.
El martes 11 de agosto comenzó como un día cualquiera. Entre las diez y las once de la mañana, la temperatura rondaba los 20 grados. Pero algo empezó a cambiar en el ambiente. Un viento cálido, seco, comenzó a soplar desde el interior hacia el mar, descendiendo por las laderas de la cordillera de la Costa. Al bajar, el aire se comprimía y se calentaba, como explicaría más tarde el meteorólogo Alejandro Sepúlveda: Es como una especie de viento puelche que ha soplado del interior al mar… Al bajar se comprime y al comprimirse se calienta».
Para las seis de la tarde, la temperatura ya había saltado a 31 y 32 grados. Y no bajó. A las 19:45 se registraban 31,3 grados. Cerca de las 23:00, los termómetros todavía se mantenían entre los 30 y 31 grados. En la estación meteorológica del aeropuerto Diego Aracena, el registro máximo fue de 32,2 grados. En otra estación de la ciudad, se llegó a los 33. Durante más de seis horas seguidas, Iquique vivió bajo una temperatura superior a los 30 grados.
Pero el calor no fue el único protagonista de la noche.
El viento soplaba con ráfagas que alcanzaron entre 48 y 59 kilómetros por hora. En algunos sectores, se reportaron vientos de hasta 60 km/h. El aire, además de caliente, era extraordinariamente seco: la humedad relativa era de apenas 24%, muy por debajo de lo habitual en la ciudad costera. El polvo y la arena se levantaban en el aire, cubriendo calles y edificios.
Las consecuencias no se hicieron esperar. Árboles caídos, letreros publicitarios derribados por el viento, techumbres que volaban. En la península de Cavancha, uno de los sectores más emblemáticos de la ciudad, se concentraron varios de los daños. La Superintendencia de Electricidad y Combustibles reportó pasada la medianoche que más de 10 mil clientes estaban sin suministro eléctrico en Iquique, a los que se sumaban más de 1.200 en Alto Hospicio y otros 246 en Huara.
Y mientras todo esto ocurría, en la cordillera y la precordillera, el panorama era igualmente extremo: tormentas eléctricas, aguanieve y nieve en sectores como Ujina, Cancosa y Colchane. La Dirección Meteorológica de Chile mantenía vigentes múltiples alertas: precipitaciones en pampa y precordillera, nevadas en cordillera y probables tormentas eléctricas. El seremi de Gobierno proyectaba entre 0,3 y 0,8 milímetros de lluvia en la costa, y hasta 5 milímetros en la precordillera.
¿Qué explicación tenían los meteorólogos para este cóctel climático en pleno invierno? Gianfranco Marcone, meteorólogo de Canal 13, lo resumió así: Anoche ocurrieron dos fenómenos. Uno, la tormenta de arena de la región de Arica, Parinacota y la Región de Tarapacá, ocasionada por una alta presión que está posicionada entre Chile y Perú». Ese viento del este, cálido y seco, era el responsable de las temperaturas récord. Simultáneamente, una vaguada en altura —un núcleo de aire helado en las capas superiores de la atmósfera— generaba inestabilidad, tormentas eléctricas y precipitaciones en los sectores más altos.
«Podríamos decir que es un fenómeno parecido al que conocemos en la zona central, como el raco, un viento cálido y seco que desciende por las laderas», explicó Marcone. El aire, al bajar desde la cordillera hacia la costa, se comprime, se calienta y genera esas temperaturas extremas que mantuvieron a Iquique con más de 30 grados hasta pasadas las 23:30 de la noche.
Recién cerca de la 1:00 de la madrugada del miércoles, la temperatura comenzó a descender, situándose en torno a los 23 grados. La noche de invierno, por fin, recuperaba algo de su normalidad.
Sin embargo, los efectos de esta jornada climática se extendieron más allá de la madrugada. El Ministerio de Educación determinó suspender las clases en Iquique, Alto Hospicio y Pisagua durante el miércoles 12 de agosto. La Dirección Meteorológica mantenía su aviso por probables tormentas eléctricas asociadas a la vaguada en altura, que podrían afectar a cinco regiones del norte.
Los habitantes de Tarapacá, acostumbrados a un clima desértico y estable, vivieron una noche que pocos olvidarán. Una noche en la que el invierno, por unas horas, se disfrazó de verano. Y el desierto, de tormenta.
