La memoria del agua en Tarapacá

La memoria del agua en Tarapacá

«Iquique no colapsó porque la lluvia —ni la de 1940, ni la de 2019, ni la de ahora— fuera especialmente violenta. Colapsó porque siempre fue frágil. El agua solo hizo visible lo que ya estaba ahí».

Por Rodrigo Ramos Bañados

Iquique ha vuelto a escuchar el rumor del agua. Pero el agua, en esta geografía extrema, no habla un solo idioma. «Complejo», dice el historiador Paulo Lanas Castillo, académico de la Universidad de Tarapacá. Y lanza una advertencia que resuena como un campanazo: hay que estar preparado para el verano.

Lo que cayó en julio de 1940 no es lo mismo que podría caer mañana. Ahí está la clave para entender el pasado y anticipar el futuro de esta ciudad asomada al Pacífico.

La historia, de hecho, no empieza en 1940. El historiador Damián Lo Chávez ha documentado que las lluvias del «invierno boliviano» moldeaban la economía altiplánica: alimentaban las quebradas, daban agua para la agricultura y la minería de la plata, pero también arrasaban con aluviones los poblados precordilleranos. Esa dualidad —agua que da vida, agua que destruye— es antigua en Tarapacá. Lo nuevo es que ahora también le toca a Iquique, una ciudad que nunca se pensó parte de esa geografía hídrica.

1940: la lluvia de invierno

A las 3.30 de la madrugada del 25 de julio de 1940, el cielo se abrió sobre Iquique. Llovió sin parar hasta las diez de la mañana. Cayeron 14 mm: veinte veces el promedio anual de la región, que apenas roza los 0,7 mm.

El Tarapacá tituló al día siguiente: «La lluvia más copiosa que se recuerda». Los techos endebles se vinieron abajo. Las familias modestas lo perdieron todo. El tren quedó detenido en Brac. Los caminos a Alto Hospicio, destruidos. La ciudad quedó aislada por horas.

¿Por qué esa lluvia fue tan devastadora y a la vez tan lenta? Lanas lo explica: las lluvias de invierno «tienden a ser más finas y tupidas». Vienen del mar, empujadas por sistemas frontales, y «afectan la costa y el farellón costero». No golpean fuerte de golpe, pero empapan y saturan estructuras hechas para un desierto que nunca esperó tanta agua. Por eso el caos duró días.

El verano que acecha

Pero el verdadero peligro, advierte Lanas, no está en el pasado sino en el verano que viene.

«Normalmente, las lluvias de verano son más torrenciales, breves y destructivas», dice. Caen con fuerza en puntos específicos y provocan socavamiento rápido del suelo.

Es un latigazo, no una lluvia fina. Golpea sobre todo al interior, y cuando esa agua baja por las quebradas secas, arrasa todo a su paso. El suelo reseco no absorbe: se desmorona. No hay tiempo para poner ollas bajo las goteras; apenas hay tiempo para correr.

Esa memoria quedó sepultada bajo el crecimiento de la ciudad costera. Iquique creció de espaldas a ella. Y ahora que el agua del altiplano baja hacia el mar, la ciudad no sabe cómo recibirla.

Una ciudad frágil, no una lluvia violenta

La arquitecta Leonor Bravo aporta la mirada urbana, y es implacable: Iquique no colapsó porque la lluvia —ni la de 1940, ni la de 2019, ni la de ahora— fuera especialmente violenta. Colapsó porque siempre fue frágil. El agua solo hizo visible lo que ya estaba ahí.

«Los problemas que vemos en techumbres, calles y espacios públicos ya existían —dice Bravo—. La lluvia los puso a prueba todos a la vez. Todos somos testigos de eso.»

Y agrega: «Iquique está construido para un clima donde raras veces llueve. Nuestra arquitectura urbana tiene muy poca capacidad de absorber agua, incluso con precipitaciones pequeñas.» Lo vimos en 2019, recuerda, cuando cayeron 12 mm en tres horas: «fue muy intensa y corta, y generó estragos. Ese año debimos haber aprendido la lección.»

No la aprendimos. Hoy, con lluvias más largas de lo previsto, el primer punto débil es evidente: las techumbres. «Cuando la lluvia se extiende, aparecen sobrecargas en las cubiertas. Es lo más común», explica Bravo.

Las otras heridas: veredas y cableado

Bravo no se detiene ahí. En el casco histórico, las veredas de madera de calle Baquedano son un ejemplo claro: «Todas las maderas están reventadas. Se hincharon y se levantaron, y eso es un peligro grave en la principal arteria peatonal de la ciudad.»

Lo que era un paseo patrimonial se volvió una trampa. El problema no es la lluvia en sí, sino la falta de una cultura del agua en una ciudad árida que nunca la necesitó, hasta ahora.

«No hemos diseñado espacio público para evacuar agua con frecuencia —dice Bravo—. Cuando ocurre un evento así, las carencias quedan expuestas. La lluvia no crea los daños: los hace visibles y los agranda.»

El cableado eléctrico es otro punto crítico. «Una red saturada y expuesta, con cajas a la intemperie, se vuelve más peligrosa con humedad, viento y lluvia. Si hay chispas o fallas, ya no hablamos de un simple desperfecto, sino de un riesgo real.»

Prevenir, no solo reaccionar

Bravo no se queda en el diagnóstico. Propone revisar pendientes de techumbres, impermeabilizaciones, canaletas y bajadas; reparar pavimentos y redes eléctricas. «Debería ser prioridad para las autoridades.»

Y cierra con una frase que resume su visión: «Iquique no es tan resiliente como Valdivia. Es una oportunidad enorme para que las cosas se hagan bien desde la base.»

Aprender a distinguir el ritmo

Lanas no solo entrega fechas y milímetros: entrega una forma de leer el territorio. La lluvia de invierno es persistente y empapa la costa; la de verano golpea el interior de un latigazo y desata aluviones.

Lo Chávez añade la profundidad histórica: esas lluvias de verano no son una rareza, son parte del metabolismo de la región, de su economía, de su riesgo. Iquique, al crecer de espaldas a las quebradas, olvidó que el agua siempre tuvo dos caras en Tarapacá.

Y Bravo recuerda que la ciudad no es un escenario pasivo: es un organismo vivo, con heridas antiguas que el agua revela sin piedad. Pero también es una oportunidad para hacer las cosas bien desde la base.

«Mi tata lo escuchó, mi abuelita lo escuchó mientras ponía ollas bajo las goteras, la escuché yo cuando era niña, la escuchamos ahora», escribió la cronista Sonia Pereira. Hoy, Lanas, Lo Chávez y Bravo añaden el corolario: no basta con escuchar la canción, hay que aprender su ritmo y preparar la ciudad para que no se desmorone con cada compás.

1940 fue el aviso. La memoria del altiplano es el mapa. El verano que viene, advierte Lanas, podría ser la sentencia. Y la ciudad, esta vez, tiene que estar lista.