El despertar de un gigante: el boom agroexportador de Tacna

El despertar de un gigante: el boom agroexportador de Tacna

Quien cruza Chacalluta y enfila hacia el norte ya no reconoce el paisaje. Donde antes había desierto, hoy hay parcelas de arándanos y olivos jóvenes que siguen la ruta del agua. Detrás de ese milagro verde hay un boom agroexportador que Tacna no vio venir del todo, pero que supo aprovechar. Perú, a fines de 2025, superó a Chile en el monto total de las exportaciones agrícolas.

Por Rodrigo Ramos Bañados

La noticia cruza la frontera como un rumor que ya no admite dudas: el vecino del norte está experimentando una transformación silenciosa, pero profunda. Desde la región de Tarapacá, acostumbrados a mirar hacia el sur y hacia el mar, el crecimiento agroexportador de Tacna nos obliga a girar la vista hacia el norte, hacia ese pedazo de tierra peruana que alguna vez compartió con nosotros no solo frontera, sino historia, rutas comerciales y hasta proyectos de ferrocarril que nunca llegaron a concretarse.

Hoy, el valle de Tacna no es el mismo. Quienes recorren sus campos ya no encuentran solo pequeños huertos de subsistencia. En su lugar, se extienden plantaciones de olivos, paltos, granados y pitahayas que alimentan una creciente maquinaria exportadora. El dato es elocuente: solo en 2025, las exportaciones de aceituna de mesa de Tacna superaron los 46 millones de dólares, con Tacna como principal productora –las exportaciones peruanas de aceitunas alcanzaron en 2025 los 10 millones de dólares-. Manuel Morales, presidente de la Asociación Pro Olivo y voz autorizada del sector, lo confirma con la seguridad de quien ha visto crecer el negocio desde sus inicios.

Despegue

Pero, ¿qué hay detrás de este despegue? ¿Es el fruto de una estrategia estatal de largo aliento o más bien el resultado de iniciativas privadas que encontraron su momento?

La respuesta, según Morales, se inclina decididamente hacia lo segundo. «Más de lo segundo que de lo primero», responde con franqueza cuando se le pregunta por el rol del Estado. «Iniciativas más bien propias», precisa, descartando la idea de un plan maestro trazado desde Lima. 

La experiencia de Evergreen Agro, una empresa que en 2016 vio en Tacna un nicho desatendido —»no había empresas agroexportadoras, como sí las había en Arequipa, Ica o Piura»— y decidió apostar por la granada, es un ejemplo paradigmático de este empuje privado. Aldo Fuster, su gerente general, relata a nivel internacional cómo la compañía construyó su propio packing, abrió mercados en Brasil y Rusia, y diversificó hacia la palta y la pitahaya, todo a partir de una oportunidad detectada en el terreno.

Quien confirma esa lectura con datos duros es Raúl Injoque, director de Agronegocios de la Universidad Peruana de Ciencias (UPC). Tacna tiene 1,6 millones de hectáreas, de las cuales solo 38.000 se dedicaban a la agricultura a finales de 2020. El Plan Operativo Institucional de la Dirección Regional de Agricultura de Tacna identificó un área de expansión potencial de 81.000 hectáreas entre Sama, La Yarada y Hospicio, pero el agua era escasa. Y hay un dato que explica por qué el modelo tacneño no puede pensarse como el chileno: «A diferencia de regiones como Ica, La Libertad y Lambayeque, en Tacna el 90% de la superficie agrícola está en manos de pequeños agricultores (menor a 10 Has), por lo que los esfuerzos de asociatividad fueron clave para conectar a los productores a la gran cadena global de valor».

 Es decir, no se está ante un valle de fundos medianos y grandes como el de Azapa o el de Vicuña Mackenna, si no ante una atomización extrema que obliga a la asociación como condición de supervivencia comercial.

El cacao, también forma parte del boom agroexportador peruano.

Privados

Ese es el punto que matiza la tesis de Morales: el Estado no diseñó el boom, pero el sector privado tampoco opera en el vacío. Lo hace desde una zona franca con beneficios tributarios, con una empresa ancla que jala a los pequeños productores hacia estándares globales, y con asociaciones que acceden a fondos públicos para infraestructura y maquinaria. El Estado aparece, otra vez, como facilitador reactivo, no como arquitecto.

Sin embargo, sería un error atribuir todo el éxito al ímpetu privado sin matices. El Estado peruano, aunque no como arquitecto principal, sí parece haber asumido el rol de facilitador. La Asociación Pro Olivo agrupa a 20 empresas que representan el 65% del valor de las exportaciones del sector y genera 1.203 empleos directos. Pero la fórmula que ha permitido escalar el negocio no pasa por cooperativas tradicionales, sino por lo que Morales denomina «agrupamiento en Asociaciones». Son estas asociaciones las que, organizadamente, pueden acceder a fondos estatales para mejorar infraestructura y maquinaria agrícola.

Este modelo se replica en otras cadenas productivas. La reciente primera exportación directa de 21,55 toneladas de palta Hass desde la Cooperativa Agraria del Valle de Cinto hacia Chile no habría sido posible sin el concurso del Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego (MIDAGRI) a través de su programa Agromercado, que desde 2025 brindó asistencia técnica y fortalecimiento organizacional a los productores. El rol del Estado, en este caso, fue el de articulador y capacitador, no el de empresario.

Modelos

Este es quizás el punto más delicado para la mirada desde Tarapacá. Mientras en Chile el modelo de desarrollo agroexportador ha estado históricamente marcado por un fuerte protagonismo estatal en la apertura de mercados y la generación de condiciones de borde —piénsese en los tratados de libre comercio o en la institucionalidad sanitaria—, el caso tacneño parece operar con una lógica distinta. El Estado peruano aparece como un socio menor que pone recursos para maquinaria o capacitación cuando las asociaciones lo solicitan, pero no como el gran timonel de un plan sectorial. El impulso inicial y la visión de negocio han sido, sobre todo, privados.

Y aquí, el contraste es inevitable para nosotros en Tarapacá. Mientras nuestra región ha centrado su desarrollo en la minería y, en menor medida, en el comercio y los servicios, Tacna ha sabido leer un mercado creciente y exigente. Los mercados de Brasil, Chile y Estados Unidos son hoy los principales destinos de su aceituna. 

El paisaje

El pasajero que cruza Chacalluta y enfila hacia el norte ya no encuentra el paisaje de siempre. Después del puesto fronterizo, a la altura de La Yarada-Los Palos, lo que antes era desierto o tierras de pastoreo ocasional se ha convertido en una retícula de parcelas nuevas, muchas de ellas con olivos jóvenes, paltos y, cada vez más, arándanos. No es una impresión óptica. Según datos de Promperu, entre el año 2000 y 2020, la superficie agrícola del distrito de La Yarada-Los Palos creció nada menos que un 265,84%, pasando de ocupar el 10,62% del territorio distrital a representar el 28,88%. En números absolutos, eso significa 15.219 hectáreas nuevas de cultivo, con una tendencia que se desplaza hacia la costa y el norte, justo hacia donde está la ruta que viene de la frontera.

Ese crecimiento vertiginoso está directamente relacionado con la expansión del olivo y, más recientemente, con la irrupción del arándano en el sur peruano. La distribución espacial de las nuevas parcelas no es anárquica: coincide casi exactamente con la ubicación de los pozos agrícolas que abastecen de agua a la zona. Sin agua no hay milagro verde en el desierto, y el ritmo de perforación de pozos ha sido, en la práctica, el verdadero plano de la expansión. Los estudios advierten además que este crecimiento podría duplicar la superficie agrícola para 2030, aunque con el riesgo de desbordar las áreas previstas por el Plan de Desarrollo Urbano y Rural del distrito.

Arándanos

Sobre la introducción del arándano, los datos confirman que Tacna figura entre las zonas potenciales de cultivo identificadas en el país. Su incorporación a la canasta tacneña no ha sido un fenómeno espontáneo ni marginal: el arándano peruano pasó en una década de ser prácticamente inexistente a posicionar al Perú como primer productor mundial, y Tacna aparece en ese mapa desde las etapas tempranas de diversificación geográfica que va «desde Tacna hasta Piura». No es casualidad que el Complejo Fronterizo Santa Rosa, precisamente el que está en Chacalluta, se haya convertido en el punto de ingreso autorizado por SENASA para lotes masivos de plantines de arándano chileno: en diciembre de 2025 ingresaron 75.835 plantas destinadas a fundos de La Libertad, y en enero de 2026 otras 70.000 con destino a Moquegua. El mismo paso fronterizo que usted menciona es hoy la puerta de entrada del material vegetal que sostiene la expansión del Berry, en el sur peruano.

Esa coincidencia no es anecdótica para esta crónica. Mientras Manuel Morales atribuye el boom tacneño principalmente a iniciativas privadas y condiciones de mercado más que a una planificación estatal deliberada, los datos sobre la distribución de parcelas matizan esa lectura: el crecimiento sigue la lógica de los pozos y la disponibilidad hídrica, pero también la infraestructura fronteriza y los protocolos fitosanitarios que el Estado peruano activa cuando el sector privado lo requiere. La parcela nueva que usted vio desde la ruta no nació solo del mercado. Nació de una confluencia incómoda entre el empuje privado, el agua que se perfora pozo a pozo y un Estado que, sin diseñar el boom, termina habilitando sus insumos más delicados por la misma frontera que Tarapacá mira todos los días.