A propósito del evento que se realizará este fin de semana. ¿Emergencia patrimonial?

A propósito del evento que se realizará este fin de semana. ¿Emergencia patrimonial?

Rodolfo Andaur. Curador, gestor cultural y magister en Historia del Arte UAI. Actualmente, director de Actinómetro – La Tirana

La región de Tarapacá es reconocida internacionalmente por la diversidad de su patrimonio arqueológico. No obstante, durante las últimas semanas, he leído con estupor, en diversos medios de prensa, el daño irreparable que han sufrido los geoglifos de Ariquilda.

Para quienes no los conocen, los geoglifos de Ariquilda son un sitio excepcional de la comuna de Huara que presenta, entre infinitas características, una simbología única.

En la misma comuna, también es posible visitar al Gigante de Tarapacá, el afamado y enigmático geoglifo que se ha transformado en uno de los emblemas más importantes para las y los tarapaqueños. Lamentablemente, ambos sitios yacen abandonados, una imagen que provoca una profunda decepción y hasta cólera.

Cabe recordar que Ariquilda y el Gigante de Tarapacá solo representan una parte de la gran cantidad de sitios arqueológicos que conviven sobre impresionantes zonas de la región que continúan esperando por una protección y divulgación adecuada en la comunidad.

Con estos antecedentes, los hechos ocurridos en Ariquilda y los que ya han ocurrido en el Gigante de Tarapacá y otros sitios, ponen en el centro del debate la cantidad de recursos con los que cuenta, para estas materias, el Estado. Pero, además, desde otro enfoque, la histórica desprotección de estos sitios, diseñados y confeccionados por nuestros ancestros, sirven para ejemplificar que la conducta humana ha atentado y destruido, en muchas ocasiones, estos lugares.

A raíz de este panorama, y al escuchar a algunos congresistas comprometidos con Tarapacá –sabemos que a otros políticos de la región no les interesan las cuestiones relacionadas con el patrimonio–, se han hecho propuestas serias para aumentar la inversión y además se han alzado voces locales que apoyan una política regional de protección y difusión patrimonial. Por cierto, una política que debe congregar y atravesar distintas instituciones, tanto privadas, como públicas.

Pero a estas cuestiones se suma otro asunto que también amenaza estos patrimonios de Tarapacá: la desinformación. Desde las propuestas de las y los expertos en temas patrimoniales, un cometido eficiente para la salvaguarda debe adjuntar –entre muchas otras acciones– un profundo y extenso programa educativo. En este sentido, hace unas semanas visité una escuela rural para dialogar con niñas y niños sobre la importancia de la protección patrimonial. Pero sobretodo conversamos acerca de las responsabilidades compartidas que deben estar siempre presentes para un resguardo eficaz entre la sociedad civil y el Estado.

En aquella reunión, la frase: “El patrimonio es la herencia material e inmaterial que hemos recibido de nuestros antepasados”, tuvo un acompañamiento in situ ya que un factor relevante de la ruralidad tarapaqueña, es que posee una gran migración pendular, por ejemplo. Una cuestión que genera una nula comprensión colectiva de por qué es un imperativo del Estado y de la sociedad entera resguardar a los geoglifos como centros del conocimiento y el estudio del pasado.

Desde otra vereda y de la mano de todo este historial a cuestas, los objetivos de protección y difusión del patrimonio deben estar en concordancia con las nuevas políticas universales de investigación, conservación y reconstrucción. Por lo que financiar estudios de investigación, restauración y difusión patrimonial, inexorablemente, proporcionan una serie de análisis para un antes y un después.

De esta forma, comprender las diferentes problemáticas que trae la desprotección patrimonial y lo que estos deplorables hechos han significado para las comunidades, edifican una serie de relatos que en la actualidad son necesarios para decretar políticas públicas y planes culturales a largo plazo.

En resumen, las ideas en torno a la conservación patrimonial y, en particular,  aquella conversación con los alumnos de la ruralidad, me han llevado a re-pensar en nuestra filiación social, histórica y cultural como una pauta discursiva que posiciona a nuestro patrimonio físico e inmaterial con la finalidad de historiarlo, valorarlo y conservarlo para todas y todos desde épocas pretéritas hasta el presente.