El agua llega cristalina al vaso. No huele, no tiene color. Parece inofensiva. Pero bajo esa transparencia se esconden dos historias paralelas: una de vacío mineral y otra de vigilancia microscópica. Ambas convergen en el norte de Chile, donde la paradoja del agua potable se ha convertido en un desafío de salud pública y de innovación científica.
El agua que ya no es la de antes. Para entender el problema, hay que mirar al pasado. Antes de que las plantas desalinizadoras y los sistemas de purificación severa se masificaran, el agua de la región provenía directamente de fuentes subterráneas, como los pozos de la Pampa del Tamarugal. Debido a la geología local, aquella era un agua naturalmente dura y muy rica en minerales esenciales. Un agua con historia, con carácter, con calcio y magnesio en cada gota.
Hoy el escenario se invirtió drásticamente. Pasamos de un suministro históricamente muy mineralizado —aunque con presencia de metales pesados naturales— a un agua de consumo diario microbiológicamente muy segura y limpia, pero mineralmente vacía.
El foco de la preocupación científica apunta al agua purificada envasada, esa que se comercializa en bidones y botellas comunes. Sometida a un proceso industrial de filtrado por ósmosis inversa, esta tecnología es excelente para eliminar contaminantes históricos del norte, como el arsénico, pero también remueve de forma indiscriminada los minerales esenciales. El agua resultante es extremadamente blanda y carece de niveles óptimos de calcio y magnesio, situándose muy por debajo de los estándares mínimos que la Organización Mundial de la Salud recomienda para el consumo humano.
El riesgo silencioso. Científicamente, el consumo exclusivo y prolongado de agua desmineralizada sí puede conllevar riesgos para la salud a largo plazo. Al ingresar al cuerpo un agua con tan baja concentración iónica, se altera el equilibrio osmótico, lo que obliga al organismo a liberar electrolitos internos para equilibrarla, aumentando su pérdida a través de la orina.
Estudios epidemiológicos respaldados por la OMS han asociado el consumo crónico de aguas severamente bajas en calcio y magnesio con una mayor incidencia de problemas cardiovasculares y debilidad ósea o desmineralización en etapas avanzadas de la vida.
El peligro directo se concentra en grupos vulnerables: personas con dietas deficientes, lactantes y trabajadores o deportistas expuestos a deshidratación por el calor del norte, quienes no logran reponer eficientemente sus pérdidas salinas con agua purificada de bidón.
No obstante, el riesgo real a largo plazo depende directamente de la dieta. En personas con una alimentación equilibrada, la falta de minerales en el agua se compensa con creces a través de los alimentos cotidianos. El agua no es la única fuente de nutrientes, pero sí un eslabón frágil en la cadena de la salud pública.
El centinela que llegó para quedarse. En ese contexto de incertidumbre, un equipo de investigadores de la Universidad Arturo Prat (UNAP) decidió poner la ciencia al servicio de la vigilancia. Liderados por el Dr. Lucas Hernández Saravia, junto al ingeniero en biotecnología Cristofer Gaete Collao y al estudiante Tomás Tapia Muñoz, de la carrera de Ingeniería en Biotecnología de la Facultad de Recursos Naturales Renovables, en colaboración con las universidades de Concepción y Tarapacá, crearon un innovador sensor electroquímico.
La tecnología es tan sofisticada como prometedora. Combina nanotecnología avanzada y el uso estratégico de tierras raras. Los científicos trabajaron con nanoestructuras de indato de lantano modificadas mediante la incorporación controlada de neodimio, un elemento que mejora significativamente el desempeño del material. Descubrieron que la incorporación exacta de un 5% de neodimio genera cambios estructurales que aumentan la cantidad de sitios activos capaces de interactuar con las moléculas de nitrito.
En términos simples, el material se vuelve mucho más eficiente para reconocer y cuantificar este contaminante incluso cuando está presente en cantidades extremadamente pequeñas. El sensor alcanzó un límite de detección de apenas 22 nanomolar (aproximadamente 1,01 µg/L o 1,01 ppb), una capacidad que le permite identificar trazas mínimas de contaminación que podrían pasar desapercibidas para otras tecnologías.
Las palabras del investigador. Para el Dr. Lucas Hernández-Saravia, investigador principal del proyecto, este desarrollo responde a una necesidad ambiental urgente. “Este sensor representa un avance importante, ya que permite detectar contaminantes de forma temprana y precisa para monitorear la calidad del agua, lo que nos abre las puertas a la fabricación de sensores para diversos contaminantes que impactan de manera inmediata o temprana al medioambiente y la salud humana”.
El académico añadió que “más que desarrollar un nuevo material, buscamos aportar una solución para la vigilancia ambiental y la protección de la salud pública”.
Un futuro que se escribe gota a gota. La tecnología ya fue validada exitosamente en muestras reales de agua potable y agua mineral, demostrando que puede funcionar fuera del laboratorio y convertirse en una alternativa eficiente, estable y de bajo costo.
El desafío actual de la industria local ya no es solo limpiar el agua, sino implementar una remineralización tecnológica inteligente que devuelva de forma controlada los nutrientes que nuestra historia regional solía entregar de manera natural.
Mientras tanto, el sensor de la UNAP vigila. Silencioso, preciso, incansable. Como un centinela microscópico que no permite que la contaminación pase desapercibida. Porque el agua que bebemos merece ser no solo transparente, sino también verdadera.
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