En Tarapacá, la ganadería camélida perdió el 90% de sus ejemplares entre 1997 y 2021. Una investigación seleccionada por National Geographic, liderada por la bioantropóloga Francisca Santana, usa isótopos en restos de hace 2.000 años para demostrar que estos animales habitaron valles y costa —y así revalorizar una tradición que se desvanece.
124.538 ejemplares en 1997. Apenas 13.194 en 2021. La cifra es un golpe seco: una caída del 90% en menos de tres décadas. La ganadería camélida en Tarapacá se desangra. Pero para entender por qué importa, para saber qué se está perdiendo realmente, hay que mirar mucho más atrás. Hay que ir a los huesos de hace 2.000 años, a los isótopos que todavía guardan la memoria de lo que comieron y por dónde caminaron. Hay que seguir la pista de Francisca Santana, la bioantropóloga que ha dedicado su carrera a escuchar lo que el pasado tiene que decir sobre un presente que se desvanece.
Porque el pasado, en este caso, no es un adorno académico. Es un espejo. Y lo que refleja es tan antiguo como urgente.
Francisca Santana no es una investigadora de escritorio. Doctorada en la Universidad de Oxford, bioantropóloga de formación, hoy investiga en la Pontificia Universidad Católica de Chile y articula un proyecto que reúne al Centro Científico CEAZA, la Universidad de Chile, la Universidad de Tarapacá, la Corporación Norte Grande y la Fundación Superación de la Pobreza. En el proyecto le cabe un rol relevante a la Red de Ganaderos Andinos de la Región de Tarapacá, que reúne a criadores de llamas y alpacas para rescatar la tradición altoandina, frenar el despoblamiento rural y activar la economía local.
En la entrevista también participa Francisca Urrutia, antropóloga social y estudiante de doctorado de la Universidad de Tarapacá. Francisca Santana nos señala que su verdadero laboratorio está en los restos óseos y en los isótopos que guardan la memoria química de lo que los animales comieron y por dónde anduvieron. Y lo que encontró, con su equipo, ha movido el piso de lo que se sabía sobre los camélidos sudamericanos.

Durante décadas, el imaginario —científico y popular— ha ubicado a llamas, alpacas, guanacos y vicuñas como animales de altura. Seres de puna, de bofedales, de los 3.500 metros para arriba. Pero Santana y su equipo han demostrado que esa imagen es, cuando menos, incompleta. Mediante análisis de isótopos estables de carbono, nitrógeno, azufre y estroncio en restos arqueológicos de la región de Tarapacá, lograron detectar una señal clara: los camélidos habitaron durante siglos bajo los 1.500 metros sobre el nivel del mar. En oasis, valles, pampa y costa. No eran visitantes ocasionales. Vivían allí.
“Efectivamente, contamos con evidencia para afirmar que los camélidos habitaron bajo los 1.500 m s. n. m.”, explica la investigadora. Las implicancias son significativas, ya que nos aleja de la idea generalizada de un hábitat exclusivo de tierras altas, sobre todo para el caso de los camélidos domésticos.
El hallazgo no es un dato menor. Supone entender que las antiguas poblaciones tarapaqueñas desplegaron un conocimiento profundo del territorio, articulando ciclos vitales entre diferentes pisos ecológicos. Llamas y alpacas —presentes en la región desde hace 4.000 años, conviviendo con guanacos y vicuñas— se adaptaron a vivir fuera del altiplano. Pastaban en los cerros de las quebradas y se alimentaban de vegetales silvestres de las tierras bajas. O bien, eran en los cerros de las quebradas y alimentándose de vegetales silvestres de las tierras bajas, o bien siendo forrajeadas por sus dueños con los restos de la cosecha, especialmente la chala de maíz.
Llegada europea
Pero esa historia milenaria fue interrumpida con violencia. Durante la Colonia, los camélidos domésticos fueron relegados a las tierras altas y reemplazados por ovejas, vacas, caballos, cerdos, cabras y burros. La llegada europea no solo trajo nuevas especies; trajo también una lógica ganadera que marginó a los animales nativos. Y el daño se profundizó después: la deforestación de la Pampa del Tamarugal durante el auge salitrero deterioró gravemente la frágil biodiversidad de los ambientes desérticos.
Hoy, el legado de esa sustitución se expresa en números. En la desaparición del 90% de la población de llamas y alpacas de Tarapacá en solo 24 años.
Pero, ¿cómo se llega a una conclusión tan precisa sobre lo que ocurrió hace dos milenios? La respuesta está en la geoquímica.
Los isótopos estables de carbono y nitrógeno permiten estimar la dieta consumida por los camélidos, tanto en el pasado como en el presente. “Es una metodología geoquímica que literalmente cuenta la cantidad de átomos presentes en una muestra y cómo se comportan sus razones”, detalla Santana. En algunas fuentes de alimento hay más o menos isótopos de carbono o nitrógeno, y esas diferencias en cantidades y masas revelan el tipo de alimentación. Por ejemplo, es posible distinguir el consumo de maíz de otras plantas.
Los isótopos radiogénicos de estroncio, por su parte, abren otra ventana: la de la movilidad. Se relacionan con la geología local y permiten caracterizar el origen geográfico de un individuo, evidenciando recorridos entre distintos ambientes. Al analizar a los camélidos arqueológicos, el equipo observó que presentaban la señal de tierras bajas. No eran animales que subían y bajaban ocasionalmente: su vida transcurría allí, en los valles y la costa.
“De esta manera, al analizar a los camélidos arqueológicos, observamos que presentaban la señal de tierras bajas”, confirma.
El hallazgo es fascinante. Pero llega en un momento crítico. Porque mientras los huesos cuentan una historia de arraigo y adaptación, los censos ganaderos cuentan otra: de desplome.
“Primero, hay que considerar que el Censo de 1997 también incluía la actual Región de Arica y Parinacota dentro de Tarapacá”, aclara Santana. Sin embargo, “la tendencia general sigue mostrando una merma ostensible”.
Las causas, explica, son múltiples y hunden sus raíces en el mismo proceso histórico que marginó a los camélidos. Se asocian de alguna manera a este reemplazo histórico de la ganadería camélida tradicional andina por la europea, lo que va en sintonía con la violencia colonial y las dificultades actuales para sostener el modo de vida tradicional en los pueblos del interior.
A eso se suma una dinámica regional orientada a la minería, que ha generado graves deterioros en el medioambiente. Y un sistema ganadero hecho para promover el manejo y consumo del ganado europeo. “Hasta el día de hoy no se cuenta con mataderos oficiales para llamas y alpacas en el Norte Grande de Chile”, subraya.

Red de Ganaderos
La migración de descendientes de familias ganaderas a las ciudades, siguiendo rubros diferentes en sus vidas profesionales, también ha reducido drásticamente el número de pastores y pastoras en el altiplano chileno. Por eso, Santana valora especialmente la creación de la Red de Ganaderos Andinos de Tarapacá —y las redes similares en Arica y Parinacota, y Antofagasta— como un espacio fundamental para fortalecer las prácticas tradicionales. “Nuevos jóvenes y profesionales muy comprometidos están manteniendo la ganadería camélida activa”, dice.
El doctor Antonio Maldonado, investigador del CEAZA, ha señalado que el reemplazo de camélidos por cabras y ovejas no es solo una pérdida cultural, sino también un golpe ecológico. Y Santana lo confirma desde la evidencia: Las llamas son mucho más sustentables con el medioambiente, por ejemplo, en la pampa y quebradas (altas y bajas) que las cabras.
El problema es concreto: las cabras arrancan árboles y matorrales de raíz, eliminando parte de la vegetación local. En un contexto donde los bosques de algarrobo y tamarugos están disminuyendo considerablemente y las sequías se agravan, esto es crítico. Las llamas, en cambio, no presentan ese problema. Se alimentan de ramas y hojas sin extraer la planta de raíz. Además, su guano ha sido utilizado históricamente como fertilizante por agricultores de quebradas, valles y oasis.
El equipo de Santana está yendo más allá. “Nos encontramos actualmente realizando análisis químicos de las fecas de llama para evaluar su potencial de fertilización y así ayudar a promoverlo para las actividades agrícolas”. También realizan análisis paleoparasitológicos en guanos de camélido, comparando cargas infecciosas del pasado y del presente, para entender mejor la salud de estos animales a lo largo del tiempo.
“Junto con el guano de ave marina, el guano de camélido fue frecuentemente utilizado por las poblaciones prehispánicas para la agricultura”, recuerda. Un conocimiento ancestral que podría volver a ser útil.
Santana es clara sobre el escenario si no se actúa: “si no se hiciera nada en los próximos 10 o 20 años, la ganadería camélida estaría en grave riesgo de desaparecer”.
Precisamente por eso, su proyecto fue seleccionado entre 216 postulaciones globales por National Geographic, bajo el llamado “Enduring Impacts”. Una de las ocho elegidas en el mundo. Una de las dos en toda Latinoamérica.
El legado que esperan dejar no es un paper académico más. Es mucho más ambicioso. “Buscamos aportar a fortalecer la ganadería camélida andina en la Región de Tarapacá, además de dar a conocer al mundo la importancia de esta tradición con raíces prehispánicas que se mantiene hasta la actualidad”.
La apuesta es traducir el conocimiento arqueológico en información relevante que potencie la ganadería camélida actual y el modo de vida andino. “Difundiendo su milenaria historia y valorando el conocimiento ancestral de los comuneros tarapaqueños”, agrega.
Toda la información obtenida será entregada a las autoridades locales, con la vista puesta en contribuir a la generación de políticas públicas que promuevan la ganadería de camélidos andinos.
El desierto no olvida. Lo que ocurre es que a veces, durante siglos, nadie escucha. Francisca Santana y su equipo han puesto el oído en los huesos, en los isótopos, en las heces milenarias y en las historias de los pastores que aún recorren las quebradas. Y lo que han escuchado es una historia de arraigo, de adaptación, de resistencia.
Una historia que comenzó hace 2.000 años, cuando las llamas pastaban en la costa y los valles. Una historia que continuó con la violencia colonial y el reemplazo forzado. Una historia que hoy, en cifras, agoniza.
Pero también una historia que aún puede tener un nuevo capítulo. Porque mientras haya pastores que sigan caminando con sus animales, mientras haya investigadores dispuestos a tender puentes entre el pasado y el presente, mientras haya comunidades que valoren lo que sus ancestros sabían, el eco de esas pezuñas en la tierra baja no se apagará del todo.
Y quizás, si se escucha a tiempo, ese eco se convierta en una nueva pisada. Firme. Hacia adelante.
