La figura que recuerda a Eleuterio Ramírez, héroe de Tarapacá, vive una odisea sin revólver.
La estatua de Eleuterio Ramírez Molina, héroe inmortal de la Batalla de Tarapacá —clave victoria chilena en la Guerra del Pacífico, el 27 de noviembre de 1879—, evoca su sacrificio supremo: combatió heroicamente hasta agotar el último cartucho, cayendo en defensa de la patria. Originalmente de 1,60 metros de “estatura”, con el soldado empuñando el revólver y con la otra mano sosteniendo la bandera chilena, se “encogió” a 1,40 metros, no por el clima o el baldazo de excremento de los patos yecos, sino por el vandalismo y una serie de reparaciones “bamba”.
En uno de sus periplos por la ciudad, porque no siempre estuvo frente a Cavancha, un individuo extrajo las placas de plomo de su cintura, porque -a diferencia de otras estatuas de bronce, esta fue hecha de plomo- y la Municipalidad, bajo el mando de Jorge Soria, la recompuso con fibra de vidrio, transformándola en una figura menguada; una rara avis de plomo y fibra de vidrio. Lo que se mantuvo, sí, fue el tambor a sus pies, que recuerda su lucha en el desierto tarapaqueño.
Hasta antes del estallido social, adornaba la plazoleta Eleuterio Ramírez, frente al corazón de Cavancha, balneario icónico de Iquique. Hoy, solo persiste la base vacía. Durante el estallido, en medio del frenesí colectivo por “refundar” Chile, estatuas como esta —símbolos del pasado glorioso— fueron blanco de todo tipo de vandalismo y destrucción. Todavía circulan en redes sociales fotos de la estatua “adornada” con pañuelos, leyendas y pinturas varias.

Pero, ¿qué pasó con la imagen del prócer? ¿desapareció? Al seguir su huella, la encontramos a un costado interior de la entrada del Regimiento Granaderos. El jefe militar de la época decidió que era mejor este nuevo destino y del retorno a la plazoleta nunca más se habló. A diferencia de lo que ha ocurrido con la estatua de Baquedano que finalmente retornó a la remodelada Plaza Italia.
El investigador e historiador Hrvoj Ostojic, apasionado por la historia iquiqueña, narra su periplo: “La estatua es ‘made in Germany’, de calidad superior, como decían los abuelos. Cuando estaba lista para ser embarcada, estalla la Primera Guerra Mundial. El monumento debió esperar un tiempo en el puerto de Hamburgo. Esto significó retrasos en su arribo a Iquique. En una primera idea, se pensaba ubicarla en el pueblo de Tarapacá, lo que no prosperó. En 1915 se generó una comisión para transformar la Plaza Montt, donde estaba el Mercado, para instalar el monumento a Eleuterio Ramírez. Inaugurada en 1916 sobre una base alta, en 1933 —con la construcción del nuevo mercado— se mudó al Parque Balmaceda”, dice.
Precisa que “la figura rotó por sitios varios hasta la Plaza Bernardo O’Higgins, donde una persona ‘chifada’ la desarmó, robando el plomo. La repararon mal, con fibra de vidrio, quedando una mezcolanza pocas veces vista. “En Cavancha perdió el revólver; fundí uno idéntico al de la batalla y se lo soldé. Pero el estallido le arrancó el brazo y el arma, dejando solo la manga. Por milagro se salvó de la quema con neumáticos, o plomo y fibra se habrían derretido”.
Ostojic intentó restaurarla por altruismo: “Ofrecí al Regimiento un experto; hubo voluntad militar, pero no se avanzó. Eleuterio Ramírez es esencial: Prat domina el mar en Iquique; él, la tierra. Son nuestros héroes auténticos”. Hoy, en el Regimiento, aguarda redención. Como en la Plaza Baquedano de Santiago —donde el General Baquedano volvió por sus fueros, restaurado en su pedestal—, urge que Eleuterio Ramírez recupere su estatura y dignidad. “Militares y autoridades: restauremos a este prócer enano por vandalismo, erigiéndolo como merece, en memoria eterna de su valor”, termina señalando el historiador.
