A medida que ha pasado el tiempo, las costumbres han ido cambiando, aunque hay algunas que permanecen por décadas.
Foto: Samuel Rivas Arcos
Iquique, una ciudad donde la religiosidad popular se abre paso entre el bullicio y la arena del desierto, vive la Semana Santa como un mosaico de tradiciones que se resisten a desaparecer. Entre el recogimiento de las antiguas procesiones y la irrupción de nuevas costumbres urbanas, la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Cristo se transforma en un poderoso reflejo de la identidad iquiqueña.
Si Iquique es conocida por su inconfundible “fuerte componente festivo, religioso y popular”, con celebraciones masivas como La Tirana, la Semana Santa presenta un carácter más íntimo y reflexivo, aunque no por ello menos arraigado. “El silencio de los viernes santos parece ser cosa del pasado”, reflexiona el sociólogo Bernardo Guerrero, describiendo una transformación que muchos fieles añoran.
Recogimiento
Para entender el presente, hay que mirar al Iquique de los años 60, un tiempo de grises y susurros, según evoca el extinto reportero e investigador Edgardo Barría. “Al caer la tarde, fieles en procesión rezaban y cantaban a media voz. La ciudad se llenaba de susurros. La pelota y la bicicleta se guardaban en el patio. Iquique olía a harina de pescado, a jazmín, a velas encendidas”.
La solemnidad impregnaba cada rincón. “Las tres radios AM se sumaban a la pena casi universal del sacrificio de Cristo”, recuerda un cronista de la época. En los hogares, la abstención de carne era estricta, y la dieta se limitaba a pescado o verduras. El Domingo de Ramos se obsequiaban ramas de olivo o palmas atadas con lana roja que, una vez bendecidas, se colocaban detrás de la puerta de las casas como símbolo de protección.
Una de las tradiciones más emblemáticas de aquellos años era “El Encuentro”, una procesión que simbolizaba el reencuentro de Jesús resucitado con su madre, la Virgen María. La misa de Resurrección culminaba con un gesto de alegría comunitaria: el reparto de chocolate caliente con un trozo de queque para celebrar que Cristo había vencido a la muerte.
Las tradiciones
A pesar del paso del tiempo, algunas costumbres han logrado sobrevivir. La Iglesia Catedral de Iquique, heredera de una fuerte religiosidad que se manifiesta en las grandes fiestas religiosas, sigue siendo el corazón de las celebraciones.
Así, durante el Jueves Santo, la misa de la Cena del Señor aún incluye el tradicional lavado de pies, un acto de humildad que el sacerdote realiza siguiendo el ejemplo de Cristo. El Viernes Santo, la procesión del Santo Entierro sigue convocando a los fieles en un ambiente de profundo recogimiento. “La comunidad del templo Catedral de Iquique, vivió con profundo recogimiento la tradicional procesión del Santo Entierro -con la usanza de capuchas blancas-, una de las expresiones más conmovedoras de la Semana Santa”, relataba un comunicado oficial de la diócesis en 2025, donde muchos fieles caminan descalzos, acompañando la imagen del Cristo Yacente y de la Virgen Dolorosa.
En las localidades del interior, como Pica y Matilla, las tradiciones se viven con especial fervor. Allí, las procesiones se realizan acompañadas por bandas de música, como la del Señor de la Caña, y se conservan rituales como la bendición del pan y las uvas, la representación de “La Pasión del Señor” y la solemne procesión del Santo Sepulcro.
Nuevas costumbres
Desde la década de los 80, Iquique sumó una nueva tradición que, con el tiempo, se ha vuelto ineludible: la peregrinación al cerro Esmeralda. “Se inventó la tradición de subir el cerro Esmeralda. Peregrinar es parte de nuestra identidad”, sentencia el sociólogo Bernardo Guerrero. Lo que comenzó como una iniciativa impulsada por los “Alpinistas de la cruz”, se ha convertido en un masivo ejercicio de fe, donde cientos de personas ascienden los 600 metros de la duna reviviendo el Vía Crucis. “Las personas constatan lo difícil que es llegar a la cima, pero comprenden el sacrificio de Jesús”, explicó José Delatorre, voluntario de la agrupación, al comentar el regreso de esta actividad tras la pandemia.
Otra tradición que resuena con fuerza es la “Quema de Judas”, una festividad que se realiza el Domingo de Resurrección. “Se inició al inicio de la década de los 40 y desapareció por completo a mediados de la década posterior”, registra un artículo histórico, pero su espíritu ha sido revivido. El sociólogo Bernardo Guerrero analiza esta celebración como una forma de catarsis social, donde “quemar al traidor” permite “recuperar la ciudad que se siente como perdida”. La imagen del apóstol traidor se llena de pólvora y es incendiada, representando el rechazo a la traición y la corrupción, y sirviendo a menudo como vehículo para críticas políticas y sociales, manteniendo así vigente un símbolo que se adapta a los nuevos tiempos.
Transformación
La mirada nostálgica al pasado y la cruda realidad del presente dibujan un contraste inevitable. Muchos fieles sienten que el espíritu de la Semana Santa se ha diluido. “Las radios han dejado de mostrar el respeto que antaño existía, priorizando el valor del dinero por encima de la fe”, critica la crónica de los años 60, mientras que “las personas comen sin restricciones y muchos usan esos días para viajar fuera de la ciudad, reflejando cómo el consumismo ha eclipsado los valores cristianos”. “La televisión sigue programando ‘Ben Hur’ y ‘El manto sagrado’”, ironiza Bernardo Guerrero, “pero en este Iquique sin plano regulador de ninguna especie, la Semana Santa lejos está de condensar los sentimientos que hace un par de décadas atrás, realizaba”.
