La zanja que no frena: basura y bofedales heridos por el paso de maquinaria

La zanja que no frena: basura y bofedales heridos por el paso de maquinaria

Mientras el gobierno exhibe la zanja de tres metros como barrera migratoria, comuneras y comuneros de Colchane y Putre revelan una realidad muy distinta: paso libre para personas y animales, ecosistemas destruidos por la basura y los vehículos militares, y una promesa de limpieza que nunca llega.

En pleno altiplano, donde la cordillera de los Andes se vuelve planicie de bofedales y cielos inmensos, la frontera entre Chile y Bolivia parece más una idea que una barrera. Desde 2017, el Estado chileno impulsó la construcción de una zanja de tres metros de profundidad y aproximadamente cien metros de extensión en el sector de Colchane, con el propósito explícito de dificultar el paso irregular de migrantes. Sin embargo, para quienes viven aquí desde generaciones, esa zanja es apenas un adorno costoso y mal ubicado. El verdadero drama cotidiano no está en el foso, sino en la basura que cubre el paisaje, los bofedales pisoteados por vehículos militares y la indiferencia de un Estado que cambia de autoridades, pero no de políticas.

Filipa Mamani Choque, comunera de Colchane, no necesita acercarse a la zanja para saber lo que significa. Vive a pocos kilómetros y ha visto pasar generaciones de bolivianos y chilenos cruzando el límite como si fuera una calle vecinal. “Por lo menos en Colchane, la franja es más bien simbólica. Aquí todo sigue igual, pues la frontera es muy permeable. No podemos decir que nos va a cambiar la vida. Siempre los bolivianos se las arreglan para cruzarla”, afirma con la tranquilidad de quien conoce cada sendero, cada cerro y cada acuerdo tácito entre comunidades.

El único problema real, según Filipa, está en la logística cotidiana de la educación. “La vuelta que se dan los niños que vienen de Pisiga a estudiar a Colchane. Eso sí puede ser un lío, porque tienen que dar rodeos o esperar. Pero los animales andan por los cerros, así que no hay problemas para ellos”. Y remata con una sonrisa que mezcla ironía y cansancio: “En todo caso, aquí siempre andan inventando cosas con la frontera”.

A un costado de la aduana chilena, el límite entre ambos países está marcado por un hito. Allí, Carabineros y personal militar mantienen una caseta con vigilancia las 24 horas. Ese punto se vuelve noticia cada vez que alguna autoridad de Santiago viaja hasta Colchane con la prensa a cuestas. Las fotografías muestran soldados, alambre, la zanja profunda. Pero lo que no muestran es lo que pasa unos metros más al norte: un puente peatonal que permite el intercambio diario entre Pisiga (Bolivia) y Colchane (Chile), donde cada sábado se instala una feria histórica. Tampoco muestran que la zanja, después de esos cien metros, se desvanece en la llanura de bofedales, como si el esfuerzo estatal se hubiera cansado antes de llegar al primer mallín.

Militares

Jorge García Choque ha trabajado toda su vida en la agricultura y la ganadería en Colchane. Baja de su pequeño camión y se planta frente a su casa, ubicada a apenas 800 metros de la frontera. Lo que ve todos los días no es la zanja, sino otra cosa: un territorio cubierto de desechos. “Un campo minado, pero de basura. Eso es lo que parece el sector aledaño a la zanja, donde hay ruinas de viviendas. Basura de todo tipo, desde bolsas de plástico hasta ropa. Los desperdicios mantienen descompuesto el paisaje por varios kilómetros”, describe sin adornos.

La basura, explica, no es solo fea. Es una agresión directa a su sustento. “A nosotros la migración nos ha perjudicado en la ganadería, porque arruinó el bofedal. Si usted ve cómo está aquí y los alrededores, verá que hay mucha basura esparcida. Dejaron ropa, plástico y todo lo que traían. En todo este tiempo nadie ha limpiado. Y van años”.

Pero su crítica no se detiene en los migrantes o en la falta de limpieza. También apunta contra quienes deberían cuidar el territorio. “A esto se suma la presencia de los militares, quienes con sus vehículos se meten en los bofedales, sin tener conocimiento de la fragilidad de estos. Controlan en cualquier lado. Ellos deberían hacerse un camino por todo el límite y no andar por donde se les da la gana”. La voz de Jorge se quiebra en un suspiro final: “Al final es un verdadero desastre lo que ha pasado”.

Lo que Jorge no dice con palabras, lo muestra el suelo: huellas de neumáticos profundas cortando las turberas, latas, colchones viejos, restos de fogatas, prendas de vestir abandonadas. El bofedal, ese ecosistema frágil que retiene agua como una esponja gigante y permite la vida de alpacas, llamas y vicuñas, está herido en varios sectores. Y la zanja, lejos de proteger algo, es apenas un testigo mudo de la degradación.

Putre

Del otro lado de la provincia, en la comuna de Putre, la realidad es distinta pero igualmente preocupante. Jessica Sánchez, consejera indígena aimara representante de Putre, confirma que hasta ahora “la zanja trashumana no ha llegado a nuestro territorio”. ¿La razón? La geografía accidentada y, sobre todo, la propiedad del suelo. “Cabe mencionar que dada la geografía accidentada de nuestro territorio es difícil que las retroexcavadoras puedan trabajar. A la vez son territorios particulares en un 80%”.

Pero que la maquinaria no haya llegado no significa que el proyecto esté archivado. Jessica anticipa los impactos devastadores que tendría cualquier intento de replicar la zanja en Putre: “Nos afectaría los parques que son reservas naturales, dañaría el ecosistema al desviar ríos y romper los bofedales –esas turberas que son como esponjas de agua– y el libre tránsito de la fauna silvestre: avestruz, puma, vicuñas, zorros, quirquinchos, entre otros”. Para ser clara, ofrece pruebas: “Le compartiré fotos de parte de la zona para que observe”.

La consejera describe un paisaje de alta montaña donde los animales silvestres se mueven en corredores biológicos que no reconocen líneas dibujadas en mapas. Una zanja de tres metros cortaría esos corredores, fragmentaría hábitats y probablemente provocaría la muerte de ejemplares jóvenes o la separación de manadas. “El libre tránsito de la fauna no es un lujo, es una condición para que sigan existiendo”, enfatiza.

En el plano político, Jessica Sánchez refleja la frustración de quienes deben negociar con un Estado que rota autoridades sin continuidad. “Recién el gobernador nos dio audiencia el 09 de abril, desde que asumió. Ahora estamos en gestión para presentarnos con los delegados y SEREMIS. Mientras cambian de mando tenemos que ir retroalimentando de autoridad a autoridad”. Esa frase resume el cansancio administrativo: cada nuevo funcionario debe ser convencido desde cero, mientras el territorio sigue esperando soluciones.

Frontera herida

Quien visite el sector aledaño a la aduana de Colchane se encontrará con una postal contradictoria. Por un lado, la zanja imponente, el cartel de “Frontera”, el personal uniformado. Por el otro, a pocos metros, el puente donde familias bolivianas y chilenas cruzan con carretillas de mercadería, niños yendo a la escuela, ancianos que han visto cambiar los hitos sin cambiar sus costumbres. La feria de los sábados sigue funcionando como hace décadas, porque la economía local no entiende de zanjas.

Pero también hay una herida que no cicatriza: la basura. Toneladas de residuos que no son solo antiestéticos. En el altiplano, la descomposición es lenta. Los plásticos durarán décadas. La ropa abandonada se convierte en microplásticos que terminan en el agua que beben las vicuñas y, eventualmente, las personas. Los bofedales pisados por vehículos militares tardan años en recuperar su capacidad de retención hídrica. Y nadie, absolutamente nadie, ha asumido la responsabilidad de limpiar.

Las comunidades de Colchane y Putre no piden grandes obras de ingeniería. Piden algo más simple y más difícil: que se respete su territorio, que se limpie lo que ya ensuciaron, que los militares aprendan a circular sin destruir bofedales, y que dejen de inventar fronteras donde nunca las hubo para las personas ni los animales. La zanja, concluyen, no frena a nadie. Pero el abandono, la basura y la indiferencia sí están dañando una forma de vida milenaria.