La corvina que quiso vencer al desierto: la gran idea que sucumbió en Tarapacá

La corvina que quiso vencer al desierto: la gran idea que sucumbió en Tarapacá

Sin estrépito, sin un gran comunicado de fracaso, el proyecto Corvina sucumbió. Por esa ley no escrita de la innovación en Chile: la falta de privados dispuestos al riesgo.

Fue una de esas ideas que, sobre el papel, parecían capaces de cambiar el destino de una región. Diversificar la matriz productiva del norte, poner un pie fuera de la minería, construir un polo acuícola en medio del desierto más árido del mundo. La corvina, ese pez nativo de carne blanca y escasa presencia en el mar, sería la estrella.

Corfo puso 11 mil 500 millones de pesos, Fundación Chile tomó el timón, la Universidad Art Prat se sumó al barco. Doce años de investigación, balsas jaula frente a Iquique, decenas de científicos, cientos de millones de esperanzas. Y sin embargo, hoy la crónica tiene un final que nadie quiso escribir: el proyecto fue cerrado hace casi dos años. De Corfo aclaran que lo lideraba Fundación Chile con la Unap. Y el sueño, aquel sueño de ver la corvina nadando hacia la industria, quedó varado en la orilla, como una gran idea que sucumbió antes de tocar el agua comercial.

Todo comenzó mucho antes del cierre, claro. Hace casi dos décadas, en Carelmapu, Región de Los Lagos, se capturaron los primeros reproductores silvestres. Fundación Chile quería domesticar la corvina nativa (Cilus gilberti) y meterla de lleno en la acuicultura nacional. Pero las aguas frías del sur no ayudaban. Así que los peces empezaron un periplo: primero al Centro Acuícola Tongoy, en Coquimbo, y finalmente hasta Iquique, donde el mar más templado prometía lo que el sur negaba. En 2009, Corfo abrió una convocatoria para diversificar la acuicultura y eligió cuatro líneas: palometa, congrio, bacalao y corvina. Esta última caló hondo. Al año siguiente nació el “Programa Integrado para el Desarrollo Sustentable del Cultivo de Corvina”, con doce años de vida y una inversión faraónica para los estándares regionales.

En Iquique, la ilusión crecía con los peces. A fines de junio de 2020, desde un workshop virtual, mostraron los avances: cincuenta mil corvinas crecían en dos balsas jaula ubicadas a metros de la ex ballenera de Huayquique. Cristóbal Cobo, entonces director del programa, anunciaba con seguridad que la fase comercial podría arrancar hacia 2022. El esquema era impecable: en Tongoy producían los juveniles, los trasladaban al Campus Huayquique de la UNAP donde Elio Segovia Mattos los engordaba en estanques circulares en tierra hasta el kilo y medio, y finalmente los enviaban a las balsas jaula en Punta Larga para que llegaran a los 2,5 kilos. El intendente de la época lo celebró: “Una gran alternativa para diversificar la economía, con todos los cuidados ambientales”. El norte, pensaban, no sería solo cobre y salitre. Sería también corvina.

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La fragilidad del sueño

Pero el mar, ese viejo maestro de la humildad, tenía otros planes. En febrero de 2021 llegó el golpe. Un fenómeno de surgencia —aguas profundas con bajo oxígeno que ascienden a la superficie— provocó hipoxia masiva en las balsas. Los peces murieron por cientos. Elio Segovia, que asumió la dirección tras la tragedia, lo explicó sin eufemismos: “Hoy en día en el planeta hay muchos cambios, incluyendo el climático. Los problemas que enfrentamos están relacionados con los cambios del contenido de oxígeno de las aguas”. La naturaleza les recordaba que el norte no es el sur, que la acuicultura en el desierto tendría que lidiar con monstruos que ningún modelo había previsto. El equipo abrió una línea de investigación para mitigar la surgencia, pero el daño ya estaba hecho: la fragilidad del sueño quedó al descubierto.

Sin embargo, el proyecto no se rindió de inmediato. En diciembre de 2022, contra viento y marea, cosecharon seis toneladas de corvina desde las mismas balsas de Huayquique. Jorge Lizardi Bustos, director en la recta final, celebró como si fuera un título: “Estas seis toneladas son la muestra de que podemos seguir avanzando”. Habían incorporado oxigenación de respaldo, fotoperiodo para desestacionalizar el cultivo, alimentos vegetales. Franco Cerda, desde Tongoy, agregó con orgullo: “Hemos comprobado las ventajas de cultivar un pez nativo, sin enfermedades que obliguen a aplicar antibióticos”. La tecnología había alcanzado un nivel de madurez TRL 8, casi lista para el mercado. El plan era partir con 30 toneladas anuales y llegar a 100 en un año. Todo parecía encaminado.

Para julio de 2023, Elio Segovia confirmaba lo que muchos ya intuían: “El proyecto Corvina ya está en su fase final en lo que respecta al financiamiento Corfo. Se han cumplido todas las expectativas”. La frase sonaba a deber cumplido, pero escondía una verdad incómoda: el dinero se acababa y nadie había tomado la posta. Los doce años del programa concluyeron y, con ellos, el soporte estatal directo. La tecnología quedó validada, los manuales escritos, los juveniles producidos. Pero el salto a la fase comercial, ese que anunciaban con bombos y platillos para 2022, nunca llegó. Los privados no se lanzaron. La Universidad Arturo Prat se quedó con el conocimiento, pero sin escala. Y Corfo, cumplido su rol de incubadora, cerró la llave.

Así, sin estrépito, sin un gran comunicado de fracaso, el proyecto Corvina sucumbió. No fue por falta de ciencia. No fue por negligencia. Fue por esa ley no escrita de la innovación en Chile: las grandes ideas suelen tener fecha de vencimiento y, cuando el Estado deja de financiarlas, muchas se apagan como una vela en el desierto. La corvina, esa especie escasa que los investigadores lograron domesticar con tanto esfuerzo, sigue nadando en los estanques de Huayquique, pero no en las góndolas de los supermercados ni en las exportaciones que soñaron reemplazar al salmón. El mar del norte sigue ahí, tan impredecible como siempre. Y el sueño de diversificar la matriz productiva, de construir un polo acuícola que no dependa del cobre, quedó flotando como un casco abandonado. Una gran idea, sí. Pero sucumbió. Y en Tarapacá, mientras el viento del Pacífico golpea las mismas costas, pocos se acuerdan ya de la corvina que quiso vencer al desierto.