Andrea Amosson, escritora nacida en Antofagasta y quien vivió en Iquique, publica una obra situada en la década de 1920 donde una joven sueña con demostrar que las momias chinchorro —originarias del extremo norte de Chile— son más antiguas que las egipcias.
Antes de ser un dato arqueológico, antes de convertirse en una postulación a la UNESCO, antes de que el mundo supiera que en la costa del desierto de Atacama se practicaba la momificación artificial más de dos mil años antes que en el valle del Nilo, la cultura Chinchorro entró en la vida de Andrea Amosson como una imagen fija. Fue en un museo del norte, en la infancia, cuando la escritora —entonces una niña— quedó grabada con la certeza de que aquello que veía era mucho más que un resto del pasado. “No era una idea intelectual en ese momento, sino una impresión muy fuerte que quedó guardada”, confiesa.
Años después, el 27 de julio de 2021, la UNESCO declaró los asentamientos y cementerios de la cultura Chinchorro, ubicados en Arica y Camarones, como Patrimonio de la Humanidad. Aquella noticia removió la memoria de Amosson. El asombro de la niña regresó, pero esta vez acompañado de una certeza: no quería abordar aquel mundo desde la arqueología, sino desde lo humano. De esa revelación nació “Hija del desierto” (Penguin Random House, 304 páginas), la novela que la autora presentó este año y que conecta, por primera vez en su obra, la historia ancestral del norte con la ficción.
El sueño de Albúmina
La novela sigue la vida de Albúmina Azócar, la última hija de un patriarca marcado por el duelo de su esposa, que crece en un territorio dominado por la sequía, el viento y las convenciones sociales. En una zona atravesada por la minería y el trabajo físico extremo, Albúmina sueña con aprender más de lo que se le permite: convertirse en arqueóloga y demostrar que las momias más antiguas del mundo no son las egipcias, sino las Chinchorro, originarias del norte de Chile.
La historia se sitúa en un momento clave de las colosales exploraciones científicas del siglo XX, en paralelo al descubrimiento de la tumba de Tutankamón, una época en la que la investigación y el conocimiento estaban mayoritariamente en manos masculinas. “Me interesaba explorar cómo una joven acomodada, en una zona agreste y conservadora, podía desear naturalmente algo que para su época resultaba profundamente transgresor”, señala Amosson.
La escritora —periodista de la Universidad Católica del Norte y magíster en Literatura Hispanoamericana y Chilena por la Universidad de Chile— ha hecho de la ficción histórica su trabajo. “La ficción histórica permite completar vacíos, rescatar aportes subvalorados y aprender de manera más cercana, a través de personajes que sienten como nosotros”, explica. Y en esta novela, el vacío a llenar es doble: el de una cultura prehispánica relegada por el relato oficial y el de una mujer que, en los años veinte, se atrevió a desear el conocimiento como un acto de libertad.

Del recuerdo a la página
El origen de “Hija del desierto” no fue un plan trazado, sino un proceso. “El ‘click’ no fue un momento único, sino más bien un proceso”, cuenta la autora. Primero apareció la inquietud, luego la investigación, y en algún punto se empezó a dibujar una historia posible. El quiebre real ocurre cuando aparece un personaje —en este caso, Albúmina— y esa historia deja de ser un tema para convertirse en una experiencia narrativa”.
A la imagen de la momia Chinchorro vista en la infancia se sumó, según relata, la figura de alguien corriendo incansablemente por el desierto. Esa imagen en movimiento terminó tomando forma en Albúmina Azócar, una joven inquieta, curiosa y rebelde, que parecía escabullirse en la mente de la escritora para exigir que su historia fuera contada.
Sin embargo, para construir un relato que entrelazara la ficción con la rigurosidad histórica, Amosson no se conformó con la intuición. Su proceso creativo incluyó una exhaustiva documentación: libros, documentales, entrevistas y, sobre todo, el contacto directo con el antropólogo Dr. Bernardo Arriaza, uno de los principales expertos en la cultura Chinchorro. Ese trabajo le permitió comprender no solo la relevancia histórica de estas momias —las más antiguas del mundo preservadas de manera intencional—, sino también el trasfondo emocional que dialoga con la historia íntima de Albúmina.
“La investigación me reveló el carácter profundamente amoroso y democrático de esta cultura, donde todos los cuerpos —sin distinción de edad o estatus— eran preservados como un acto de amor y cuidado”, reflexiona la autora. Un gesto que, para ella, dialoga directamente con la búsqueda de memoria y cuidado que atraviesa toda la novela.
El norte como agente narrativo
Para Andrea Amosson, nacer en Antofagasta en 1973 y crecer entre oficinas salitreras y temporadas en Iquique y Arica no fue una mera casualidad geográfica. El desierto marca, pero no de forma evidente, dice desde su hogar en Estados Unidos. “Te forma en el silencio, en la distancia, en una cierta manera de resistir y de observar”, dice. En mi escritura, el norte no es un escenario, es una forma de estar en el mundo. Y eso termina apareciendo en los personajes: en cómo enfrentan lo que les toca, en lo que dicen y en lo que se guardan”.
Volver al norte vasto fue mucho más que un regreso geográfico: “fue retornar a un paisaje que ha marcado mi memoria sensorial y afectiva desde la infancia. Este territorio —luz, polvo, viento y silencio— no es un fondo neutro, sino un agente activo en la construcción de la narrativa”, sostiene.
Fiel a su trayectoria, Amosson —autora también de “Las lunas de Atacama”, “Las mujeres de la guerra”, “La maestra Bernarda” y “La pasión de las mujeres Milet”, ganadora del International Latino Books Awards en 2017 y 2022— ha construido una obra que dialoga con las voces femeninas y las comunidades invisibilizadas. En “Hija del desierto”, esa apuesta se profundiza: “Albúmina no solo pelea por un lugar en la ciencia, sino por el derecho a habitar su propio deseo, su curiosidad y su memoria”, dice.
“Creo que la búsqueda de la voz y el camino propio, en relación con los límites impuestos desde afuera, es una tensión permanente. Esta búsqueda está presente a lo largo de toda la historia de la humanidad y creo que no es específica de las mujeres, sino de cualquier grupo que haya sido marginado o no hegemónico”, afirma la autora.
Pero también advierte: “La protagonista de ‘Hija del desierto’ entiende que para crecer no podrá evadir el dolor”. Y en esa aceptación de la herida como parte del crecimiento, la novela se convierte en algo más que una reivindicación histórica: es un retrato íntimo de lo que significa construirse a uno mismo cuando todo lo que te rodea te dice que no puedes. “Hija del desierto” se encuentra disponible en librerías chilenas y en formato digital.
