“Polylepis Tarapacana”, la queñoa: el árbol que toma las estrellas con sus ramas

“Polylepis Tarapacana”, la queñoa: el árbol que toma las estrellas con sus ramas

El árbol de la queñoa ha sido testigo privilegiado de la ocupación humana de la alta cordillera, desde sus primeros habitantes cazadores.

Por Pablo Trincado. Texto y fotos.

Los hermanos gemelos Payachatas, volcán Pomerape y Parinacota, desafían a su padre, el gran estratovolcán Sajama, para disputar su poder en el altiplano. En secreto, convocan a los árboles de queñoas para organizar un ejército numeroso para rodear y vencer al viejo volcán. Sin embargo, el doctor Sajama es un nevado invencible y pendenciero, y gritando y lanzando grandes relámpagos, rayos, granizos y huaicos durante una noche de verano, gana fácilmente en esta lucha. Los hermanos Payachatas, con sus chuspas de color banco, son condenados a vivir encadenados uno junto a otro para siempre. Y las queñoas, son castigadas con una terrible maldición, y sangrarán eternamente en el frío de la alta cordillera andina. (relato del altiplano boliviano).

Los bosques de queñoas se ubican en ambas vertientes de la cordillera de los andes entre las montañas de Bolivia, Chile y Argentina, distribuyéndose ampliamente en las laderas de los volcanes entre los 3900 y 4700 metros sobre el nivel del mar, e incluso algunos individuos aislados pueden encontrarse hasta los 5200 msnm en el parque nacional Sajama de Bolivia. Dadas las extremas condiciones climáticas de su entorno, soportando temperaturas que pueden superar los 30 grados bajo 0, su crecimiento es muy lento, y dependiendo de la temperatura y precipitaciones, crecen solo un par de centímetros al año. Se han identificado árboles que pudieran superar los 700 años.

El árbol de queñoa (Polylepis tarapacana), es el árbol que crece a mayor altura geográfica en el mundo, y mide entre 1 a 3,5 metros de altura, y algunos ejemplares alcanzan los 8 metros. El diámetro promedio de su tronco adulto es de 60 cms. Es un árbol siempre verde que posee tallos leñosos, con hojas que se forman a cada lado de forma asimétrica. Sus flores son muy pequeñas de color rojizo blanquecino y radialmente simétricas, y frutos espinosos que poseen la semilla. El rasgo más distintivo es que su corteza posee numerosas capas de finas láminas quebradizas de intenso color rojizo, similares a un papel muy delgado, las cuales se desprenden fácilmente al tocarlas. Esta corteza laminada funciona como un aislante térmico contra las heladas.

En la región de Tarapacá, es posible conocerla por ejemplo en los alrededores del volcán Isluga, junto a la vegetación endémica y arbustos como la yareta, entregando hermosas imágenes coloridas del paisaje altoandino junto a los volcanes, iglesias y asentamientos precolombinos.

El árbol de la queñoa ha sido testigo privilegiado de la ocupación humana de la alta cordillera, desde sus primeros habitantes cazadores, ya que en el entorno de los bosques habitaban y aún habitan tarucas, camélidos, zorros y roedores. Fue utilizada inicialmente como combustible en los primitivos fogones para abrigarse y preparar alimentos en el contexto de la movilidad y alimentación interandina. También fue utilizada como leña en contextos de rituales incaicos en adoratorios de altura, encontrándose restos de ramas de queñoa en recintos u oquedades, por ejemplo, en el sitio PAL8 del volcán Palpana, a 5627 metros de altura o en el sitio PAL7 del volcán Miño, a 5000 msnm.

En la construcción de las techumbres de las antiguas casas e iglesias tradicionales aymaras, por ejemplo en Enquelga y  Zapahuira, y en la antigua iglesia de Parcohailla, es posible observar el uso de troncos de queñoa como vigas, dispuestas en forma de dos aguas.

En la medicina tradicional del altiplano, se encuentran relatos sobre su uso en infusiones para dolores reumáticos y de presión. En la actualidad, es posible verificar estudios científicos sobre los efectos diuréticos de los extractos acuosos de hojas y corteza.

A partir de la época colonial, con las primeras experiencias de fundición de mineral, el uso de la queñoa se intensifica, y durante los siglos XIX y XX, sufre una fuerte explotación como combustible para faenas mineras industriales y semiindustriales y para la elaboración del carbón, el cual es utilizado en hornos de fundición y locomotoras. En Bolivia, en 1939, en un hito visionario para la conservación ecológica del altiplano y cordillera, se promulga la formación del parque nacional Sajama, con la intención de proteger los bosques de queñoa. En 1967, se crea el área silvestre protegida del volcán Isluga en Chile.

Hoy la especie está catalogada como vulnerable en Chile, y en riesgo de extinción en Perú. En un estudio publicado por la Corporación Nacional Forestal en Chile, que data del año 2000, se señala que quedaban entre 5 mil y 6 mil ejemplares de queñoa de altura. Iniciativas como la plantación de 210 árboles en el sector Altos de Belén en Arica, o la plantación de 100 hectáreas en el sector Ujina, por iniciativas mineras, han tratado de revertir esta situación.  La importancia de la conservación natural de estos bosques es fundamental, ya que no solo está asociada a la existencia de numerosas especies de fauna andina y su ecosistema, sino también al patrimonio y la historia e identidad de los habitantes del norte de Chile.