Las nuevas autoridades de cultura enfrentan un desafío impostergable: deben esbozar un mapa de acciones claro.
Quienes viven de la cultura —artistas, gestores culturales, escritores y creadores en general— proyectan con un pesimismo palpable lo que podría deparar la nueva administración gubernamental en este ámbito tan vital. Las dudas son fundadas: el actual presidente, aún en modo candidato, anunció recortes presupuestarios drásticos que podrían golpear de lleno al sector cultural, en un contexto donde los recursos ya son limitados. En regiones como el norte de Chile, por ejemplo en Tarapacá, los fondos destinados a la cultura han sido fundamentales para impulsar proyectos de envergadura que han ganado reconocimiento nacional e internacional. Pienso en iniciativas audiovisuales innovadoras, compañías de danza contemporánea, festivales literarios que rescatan voces poéticas locales. Además, exposiciones de artes visuales que exploran el desierto, el mar y las comunidades originarias. Estos apoyos no solo han permitido la materialización de obras de calidad, sino que han dado a muchos artistas y gestores la estabilidad necesaria para desarrollar su oficio a plenitud, generando empleo, formación y redes que trascienden lo local.
En este escenario de incertidumbre, el reconocido gestor de arte, curador y figura clave en el panorama cultural regional, Rodolfo Andaur, ofrece una perspectiva matizada. Él destaca los numerosos aciertos del gobierno saliente en materia de cultura durante su período: desde la descentralización de fondos que benefició a regiones periféricas, hasta la creación de plataformas digitales para la difusión de obras locales. Sin embargo, Andaur no oculta su decepción ante la sensación general de desazón e improvisación que ha marcado la gestión del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, así como de la Subsecretaría del Patrimonio Cultural. “El mundo de la cultura no se sintió interpelado ni convocado por las propuestas del presidente Boric”, afirma con claridad, recordando cómo las políticas implementadas a menudo parecieron desconectadas de las necesidades reales de los creadores territoriales, priorizando agendas centralistas sobre la diversidad regional.
Mirando hacia el futuro, las nuevas autoridades enfrentan un desafío impostergable: deben trazar una hoja de ruta clara y ambiciosa, con proyectos a largo plazo que fortalezcan las políticas públicas en gestión cultural. No basta con mantener el statu quo; urge una visión renovada que integre la cultura como motor de desarrollo sostenible. En este sentido, dice Andaur, los seremis (secretarios regionales ministeriales) de Cultura tienen un rol pivotal. Espero que propongan visiones frescas y contextualizadas, adaptadas a las particularidades de nuestras regiones. “Más allá de limitarse a estar presentes en inauguraciones o cortar cintas en eventos protocolarios, los seremis deben posicionarse como pensadores críticos: analizar la cultura de nuestro contexto histórico y geográfico, reconocerla como una herramienta potente de transformación social y promoverla como soporte esencial para territorios marginados”, afirma.
Recortes presupuestarios
Por su parte, la gestora cultural y poeta Gianina Espinola expresa con contundencia el principal temor que aqueja al sector ante la nueva administración gubernamental: la inminente posibilidad de recortes presupuestarios severos. Estos ajustes, anuncia, impactarían de manera directa y devastadora a artistas y gestores culturales, para quienes los proyectos financiados por el Estado no son meros incentivos, sino la principal —y a menudo única— fuente laboral estable. En regiones como la nuestra, el empleo cultural es precario y depende en gran medida de concursos públicos como los Fondos de la Cultura o el Fondo del Libro. Un tijeretazo presupuestario podría significar el cierre de talleres, la paralización de residencias artísticas y la desaparición de becas que permiten a creadores locales dedicarse a su oficio sin la presión de trabajos paralelos.
Espinola señala también un riesgo sutil pero perverso: la atención política a las grandes aglomeraciones tradicionales, tales como bailes religiosos o fiestas religiosas que reúnen a miles de personas, por encima de formas culturales más variadas y novedosas. Esta lógica del “número” –impulsada por cálculos electorales que priman la visibilidad cuantitativa sobre la calidad cualitativa– podría marginar matices esenciales del patrimonio inmaterial y contemporáneo.
No obstante, Espinola no se limita a lamentar; propone un contrapeso: las nuevas autoridades deberían equilibrar la inversión, garantizando fondos para lo masivo sin sacrificar lo emergente. “Urge una política cultural inclusiva que valore la pluralidad”, enfatiza, recordando que en contextos regionales como el nuestro —marcados por la aridez geográfica, la multiculturalidad y la brecha con el centro— la cultura no es lujo, sino herramienta de resiliencia y desarrollo. Solo así se evitará que el sector se reduzca a espectáculos efímeros, preservando en cambio un ecosistema vibrante que nutre identidades locales y proyecta al mundo la singularidad nortina.
Para Andaur, en tanto, en lugares remotos, sin agendas culturales robustas como las de Santiago o Valparaíso, la cultura puede ser el puente para la cohesión comunitaria y la generación de economías creativas que contrarresten la dependencia de industrias extractivas.
