Pisiga, con todos sus movimientos y luces, es un paisaje distópico. Pero no una distopía de rascacielos y lluvia perpetua, sino una versión del altiplano donde el futuro se ha instalado en precario.
En la orilla de la carretera, en el altiplano, las garitas se alinean como una procesión de baños químicos iluminados con letras de neón. Las hay rosadas como una herida reciente, verdes que arden en la oscuridad con fiebre de insecto, azules que tiemblan al compás de los voltajes inestables. Permanecen ahí, veinticuatro horas, día tras día, bajo un cielo que aplasta con su inmensidad vacía. Nadie las confundiría con otra cosa: son tan elementales como un retrete, y como un retrete, existen para cumplir con una necesidad de aquellas que no admiten espera: cambiar dinero. No importa que el viento desgaste los colores ni que la altura enrarezca el aire hasta hacerlo irrespirable; las hileras de neones siguen encendidas, tercas, como si fueran lo único que impide que la noche se trague el lugar por completo.





Dentro de esas cajas de luz trabajan los cambistas. Lo hacen en turnos de doce horas que se alargan hasta fundirse con el sueño, hasta que ya no se sabe si uno sigue despierto o si es el paisaje el que ha empezado a soñar. Hay jóvenes con la barba incipiente y la mirada de quien ha visto demasiados camiones cruzar la frontera sin que nada cambie. Hay ancianos de rostro tallado en cuero, hombres y mujeres cuyas arrugas parecen mapas de rutas que nadie recorre ya. Todos tienen las manos curtidas: la piel agrietada por el roce incesante de los billetes —sucios, húmedos, ajenos—, pero también por el frío, ese frío del altiplano que no es temperatura, sino sustancia, algo que se mete en los huesos y se queda. A cuatro mil metros sobre el nivel del mar, la sangre se espesa, los pulmones trabajan como fuelles viejos y hasta los gestos se vuelven más lentos, como si el mundo entero estuviera sumergido en un líquido más denso que el aire.
Pisiga se llama el poblado, en la frontera boliviana. Pero más que un pueblo, es un intervalo: unas cuadras de polvo, perros que cruzan las calles sin ruido, casas bajas que parecen esperar algo que nunca termina de llegar. El aire es tan delgado que la realidad se vuelve frágil; uno tiene la impresión constante de estar dentro de un diorama mal iluminado, o de haber traspasado sin saberlo el cristal que separa este mundo de otro donde las leyes físicas funcionan de otro modo. Hay algo en esa luz de neón reflejada en el asfalto mojado —cuando llueve, cuando escampa—, en esa mezcla de precariedad y artificio, que retrotrae a las ciudades de la ciencia ficción, a esos paisajes distópicos donde lo humano apenas se distingue de su entorno. Como en Blade Runner, pero sin los rascacielos: una versión andina, desértica y pobre, donde el futuro no es una promesa sino una intemperie, y donde los cambistas, con sus manos curtidas y sus ojos que todo lo han tasado, podrían ser los replicantes que olvidaron que lo eran.
Pisiga, con todos sus movimientos y luces, es un paisaje distópico. Pero no una distopía de rascacielos y lluvia perpetua, sino una versión del altiplano donde el futuro se ha instalado en precario, con cables sueltos, transformadores oxidados y letreros de neón que parpadean como señales de auxilio en medio de la nada. Al oeste, la Pisiga extraordinaria —esa que los lugareños nombran con un dejo de ironía— colisiona con las rejas y las zanjas de Chile. Ahí, en esa línea invisible que solo el asfalto delata, el mundo cambia de naturaleza. En Colchane, dicen los que han vivido siempre en estos límites, el mundo se ordena. Es como si de un lado las piezas de un juego de construcción estuvieran desparramadas, mezcladas, y del otro hubiera alguien que las ha ensamblado con paciencia meticulosa, siguiendo un plano que nadie discute. Chile es un país de reglas. No es una opinión, dicen: es una evidencia que se palpa en la fila, en los formularios, en el modo en que los funcionarios levantan la vista sin apuro y te miden con una mirada que ya sabe de antemano lo que va a encontrar.
El filtro
Esta verdad se hace carne cuando los migrantes bolivianos comienzan a entrar en ese tubo digestivo que los llevará al otro lado. La frontera no es una línea: es un tracto, un conducto estrecho donde el tiempo se vuelve viscoso y la paciencia se mide en documentos sellados. Son cuatro horas —a veces más, a veces un día entero— en medio de esos jugos gástricos que te sacuden de un lado al otro, que te exprimen y te devuelven, solo porque falta algún papel, ya que el sello está en la página equivocada, ya que el dinero no alcanzó o porque alguien, desde una ventanilla de vidrio, decidió que hoy no. Aquí no todos pasan. La frase la dice un funcionario de la policía chilena apostado en la garita de control, y la dice con esa gravedad de quien repite un mandamiento: la orden vela por la rigurosidad. No hay odio en su voz, apenas el cansancio de quien ha visto las mismas historias repetirse hasta el hartazgo, pero en sus palabras late una verdad que no admite matices: la frontera no es un puente, es un filtro. Y los filtros, por definición, dejan pasar solo lo que miden.
Así, una persona puede estar varios minutos —que en la desesperación se alargan como horas— intentando justificar sus papeles, exhibiendo certificados que alguien más le arrancó de la mano con desconfianza, mientras el resto espera. Y la espera tiene sus propias leyes. Puede ser de cuatro horas, las justas para que el bus que aguarda en la línea decida partir sin ti. Puede ser de un día entero, cuando el último autobús ya se ha llevado la tarde y no queda más que resignarse a las luces de neón que empiezan a encenderse en Pisiga, ofreciendo lo único que tienen: restaurantes de mesa plástica donde el api no tarda en llegar, pero lo hace caliente, y hoteles de habitaciones estrechas donde el colchón guarda la memoria a través del aroma de los cuerpos que pasaron la noche anterior esperando lo mismo. Todo eso lo ofrece Pisiga con sus letreros de neón que parpadean incansables. Es como si la frontera fuera un aeropuerto sin aviones, un vientre del que nunca se termina de nacer del todo. Es una antesala donde el tiempo se detiene hasta que alguien, al otro lado, decide que ya es suficiente y abre la puerta.

