Crónica de un país que se bloquea: Bolivia una vez más

Crónica de un país que se bloquea: Bolivia una vez más

Varado en Cochabamba. Escribo esto mientras espero que abran las rutas para salir de Bolivia.

Camino a casi cuatro mil metros de altura. A mis casi noventa kilos les sumo la carga extra de una mochila de diez. No pienso en mi edad —cincuenta y uno—, solo avanzo, porque el polvo de la ruta me empuja o me simula. Deseo llegar lo más rápido posible. La carretera es una lengua seca que lame un humedal mustio. Tampoco pienso en mi corazón, ese perro de mil batallas de excesos que aún late en atmósfera prestada. Podría desvanecerme aquí, caer de rodillas y quedarme varios minutos. No me prestarían ayuda hasta que el bloqueo terminara. Mi destino, en ese momento, no es para nada un cuento de amor.

Más adelante veo un caserío ocre. Calles de tierra rojiza húmeda. Perros lanudos que me miran como quien mira una aparición. No tenía pensado estar a las puertas del marciano Oruro. La noche anterior, en Antofagasta, me subí a un bus con destino a Cochabamba. El objetivo de mi viaje: dar unos talleres de creación literaria en la Universidad Privada de Bolivia y ver a mi pareja. Pero ahí estaba yo, en el altiplano, boqueando a cada paso como un pez recién sacado del agua, con una caravana de personas detrás. Los bolivianos que caminaban conmigo, resignados a los vaivenes de un país que cada cierto tiempo se niega a sí mismo. Yo, en cambio, pasaba del cansancio al emputecimiento contra una nación impredecible, donde nadie sabe qué cresta va a pasar en los próximos días. Donde el futuro es una carretera bloqueada antes de pavimentarse.

Ese fue el comienzo. Después vendría mi humanidad en una moto, calles periféricas húmedas con olor a desagüe y la certeza de que no estaba viendo el mejor rostro de la ciudad. Todo horrible. Las avenidas principales, bloqueadas como venas con colesterol. Las secundarias, un laberinto de frenadas bruscas. Varias vueltas hasta llegar a la terminal de buses. Recién ahí, en el descanso —ese diminuto lujo de no moverse cuando se está a 4 mil metros de altura—, me di cuenta de que estaba medio insolado y de que la puna me ahorcaba con una paciencia de verdugo viejo.

Una sopa. Caldo tibio que por lo menos me devolvió al mundo de los vivos. Hice unas llamadas a mis amigos en Cochabamba para saber qué mierda debía hacer. En la terminal me aseguraron que el bloqueo terminaría en setenta y dos horas. Un amigo me dijo: «Anda a la terminal antigua, ahí salen trufis ilegales, furgones que se meten por rutas alternativas» ¿Qué es una ruta alternativa? Doce horas de viaje para un tramo de tres. No estaba para aguantar más guevadas. Vi el primer hotel cerca, pedí una habitación y me rendí ante la espera. Que el gremio de transportistas llegue a un acuerdo con el gobierno. O que el gobierno postergue el diálogo. O que el diálogo se pierda en el altiplano como un burro extraviado.

Descansé. Salí a conocer el lado amable de Oruro —existe, aunque cueste creerlo—. Comí una pizza de lujo y tomé varias cervezas Huari. Al otro día, la organizadora del taller, Sofía, me compró un pasaje en avión. Por aire pude llegar a Cochabamba a mis compromisos académicos y amorosos. Como dijo ella: aunque el país se detenga, hay que seguir intentando llegar.

Carreteras

La demanda de los transportistas tiene fundamento: la mala calidad del combustible, sí, pero sobre todo el estado de las rutas. Los bloqueos duraron dos días, al menos en el área de Cochabamba. En La Paz, donde el descontento es más espeso que el oxígeno, continúan hasta hoy.

Aprovechando el fin de semana, quise conocer la selva. Fuimos con mi pareja. Villa Tunari, en medio del Chapare. Me tocaron días de lluvia —la selva mojada es una esponja verde infinita—, pero lo más aterrador, y puedo decirlo con la certeza de quien se asoma al abismo, fue el viaje en trufi desde Cocha hasta allá. La misma ruta que conduce a Santa Cruz. No son más de ciento cincuenta kilómetros. Se hacen en tres horas y media si el conductor tiene ángel, o te quedas ahí para siempre si el ángel no tuvo suerte. La belleza de la naturaleza —montañas verdes, ríos marrones, nubes pegadas a los árboles— contrasta con la tensión del pasajero. Los conductores se creen dueños del tiempo. Pasan de a dos y hasta de a tres camiones en curvas que no perdonan. Vías resbalosas, lluviosas. No sé por dónde ven el otro lado de la ruta. Tal vez no lo ven. Tal vez el vértigo es su única brújula. La carretera tiene tramos deplorables: efecto de la lluvia constante, pero también de la desidia. En resumen: un caminito al cielo con accidentes a ambos lados del asfalto.

Regresamos del relajo de la selva a sobrevivir dentro de un trufi. Mi compañera me decía: «Duerme, descansa» No. Tres horas de tensión pura, un conductor que se creía Fitipaldi y yo apretando la mochila contra el pecho. Eso es Bolivia, pienso. Un país con un potencial turístico enorme, con una infraestructura vial que parece hecha de sal y con una capacidad asombrosa para paralizarse a sí mismo.

La vuelta

El lunes me di una vuelta por la plaza de Cochabamba con Sofía. Una marcha de campesinos del interior nos explicó —sin palabras— lo que se venía. Mitin en la plaza principal, carteles, gritos, la consigna de derrocar al gobierno y bloqueos en la ciudad. A esto se suman los petardos de mierda. En mi cabeza rebotaba la idea de que esa noche no iba a salir de Bolivia. Tenía el pasaje comprado, la frontera esperándome.

Más tarde se confirmó: los bloqueos se multiplicaron como un mal que se replica. Fui a la terminal de autobuses. El asunto no era alentador. Una fila interminable en la sección internacional. Escuché la palabra bloqueos y fue como tragar un fósforo encendido. Para mis adentros —y para no ofender a Sofía, que ya tenía el rostro triste por la preocupación— me dije: país de mierda.

Pero no se trata de no entender la protesta. Las demandas pueden ser justas: obras públicas, calidad educativa, el combustible que no arde bien. También es cierto que un país debe funcionar. Para eso son las carreteras. Pero acá las carreteras son heridas mal curadas, y los bloqueos, costras que vuelven a abrirse. Bolivia seguirá presa en esa incertidumbre donde nadie sabe si mañana podrá moverse de su propia casa.

Sigo aquí, varado en Cochabamba. Esperando que desbloqueen la ruta para pasar al otro lado de la frontera. Me quedo con ese rostro de comprensión, con el amor de mi pareja que me dice, con una paciencia que no merezco: ten paciencia con Bolivia. La paciencia, pienso, es el oxígeno de los que no tienen otro remedio. En medio de este caos, alguien me soporta y eso debe ser amor.