La combinación de humedad, termitas e instalaciones eléctricas obsoletas configura una situación de “vulnerabilidad latente” -señala el informe-. Y, lo más grave, que podría desencadenar un siniestro en cualquier momento.
El Palacio Astoreca se alza como un testigo privilegiado de la época dorada del salitre. Mandado a construir por el empresario vasco-español Juan Higinio Astoreca en 1903, fue concebido como su residencia familiar, pero una paradoja trágica marcó su origen: Astoreca falleció de un ataque cardíaco a los 63 años antes de ver la obra terminada en 1904. Proyectado por los arquitectos Alberto Cruz Montt o Miguel Retornano (historiadores difieren en la atribución), el inmueble refleja en su diseño, el apogeo de una burguesía que transformó el desierto en un centro económico mundial.
El inmueble posee características únicas: construido íntegramente en madera de pino Oregón —un material que debía importarse desde el lejano noroeste de Estados Unidos—, su estructura de dos pisos abarca unos 1.100 metros cuadrados distribuidos en 27 habitaciones. Su estilo georgiano —con un falso techo a la mansarda importado de la tradición francesa— se complementa con verandas, columnas y detalles ornamentales que lo convierten en un ejemplar único entre las construcciones patrimoniales del norte chileno.
De intendencia a monumento
Apenas cinco años después de terminado, en 1909, Felisa Granja (viuda de Astoreca) vendió la propiedad al fisco junto con todo su mobiliario. Desde entonces y hasta 1977, el palacio albergó las oficinas de la Intendencia de la Provincia de Tarapacá, convirtiéndose en el eje político y social de la región. Durante la dictadura militar, el edificio tuvo un oscuro capítulo: alojó los primeros Consejos de Guerra tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, lo que le añadió una capa de memoria histórica que hoy organizaciones de derechos humanos buscan preservar.
El 25 de octubre de 1994, tras una larga tramitación, fue declarado Monumento Nacional en la categoría de Monumento Histórico por el Consejo de Monumentos Nacionales (CMN). Un año después, en 1995, la Universidad Arturo Prat (UNAP) recibió el inmueble en comodato, dándole un uso cultural y educativo como museo de época y centro de extensión.
Un deterioro crítico
Sin embargo, la falta de inversión sostenida y la complejidad burocrática han pasado factura. Un reciente informe del CMN, revelado en mayo de 2026, ha encendido todas las alarmas. El documento fue solicitado mediante un oficio del diputado Álvaro Jofré Cáceres (PNL) y remitido por el seremi de las Culturas de Tarapacá, Álvaro Gómez Vega, incluyendo el pronunciamiento técnico del CMN. Según este informe, el Palacio Astoreca presenta fallas severas en la techumbre, que han permitido el ingreso de humedad y la anidación de aves, además de daño estructural en las maderas provocado por agentes xilófagos (termitas). A ello se suma un evidente deterioro en las instalaciones eléctricas, que representa un riesgo inminente de incendio. El CMN califica la situación como de “vulnerabilidad latente” que podría comprometer gravemente la integridad del inmueble.
La última inspección del CMN se realizó en enero de 2026, con el objetivo de orientar a los profesionales de la UNAP en la formulación de un proyecto de intervención para la techumbre, que aún se encuentra en etapa de evaluación. El informe también detalla que el proyecto de restauración de vitrales está completamente ejecutado, pero sus elementos permanecen almacenados y no pueden ser reinstalados hasta que se resuelvan los problemas estructurales de la cubierta. Asimismo, las obras de mitigación en la techumbre no han sido ejecutadas y se encuentran en etapa de evaluación, lo que limita cualquier avance sustancial.
El académico Sergio González, Premio Nacional de Historia, fue enfático: “Estamos hablando, sin duda, de una de las casas más hermosas que hay, junto al Palacio Mujica, que se quemó”. Y agregó: “Hay que congregar esfuerzos públicos y privados para su restauración. Es algo que se puede hacer y no quedarse solo en la burocracia”. Por su parte, vecinos y ciudadanos han alzado la voz. En redes sociales denuncian que “el Palacio se cae a pedazos”, critican la presencia de grafitis en sus muros y señalan falta de mantenimiento visible.
El laberinto administrativo
El meollo del problema ha sido, durante años, la falta de una concesión formal de largo plazo. Aunque la UNAP tenía el comodato desde 1995, la ausencia de esta figura legal le impedía postular a fondos públicos o privados de envergadura para una restauración mayor. Así lo reconoce la propia universidad en una declaración que hasta hoy se mantiene vigente: “En relación con el Palacio Astoreca, la Universidad Arturo Prat informa que se ha evaluado y formulado diversas iniciativas orientadas a su recuperación y puesta en valor. La institución ha desarrollado diagnósticos técnicos, propuestas de conservación y un plan de manejo, con el fin de contar con una base que permita una futura intervención adecuada del inmueble. Actualmente, existe una hoja de ruta técnica definida, cuyo avance hacia etapas de financiamiento y ejecución se encuentra sujeto a la formalización administrativa de la concesión del inmueble por parte del Ministerio de Bienes Nacionales.”
Ese paso crucial se dio el 5 de febrero de 2025, cuando el entonces ministro de Bienes Nacionales, Francisco Figueroa Cerda, junto a la entonces delegada presidencial Ivonne Donoso y el rector de la UNAP, Alberto Martínez, firmaron el protocolo de acuerdo que entrega la concesión de uso gratuito por 30 años del Palacio Astoreca a la casa de estudios. El rector calificó el momento como “muy emotivo”, destacando que la delegada presidencial “en tiempo récord logró hacer realidad un sueño de años”.
¿Qué viene ahora?
Con la concesión formalizada, la Universidad Arturo Prat tiene en sus manos la responsabilidad de ejecutar lo planificado. Según detalló la institución, ya se han desarrollado diagnósticos técnicos integrales, propuestas de conservación y un plan de manejo que servirán de base para “una futura intervención adecuada del inmueble”. El siguiente paso es apalancar recursos públicos o privados (vía fondos patrimoniales, leyes de donaciones culturales o concursos del Ministerio de las Culturas) para comenzar las obras.
Sin embargo, el tiempo apremia. El reciente informe del CMN es claro: la combinación de humedad, termitas e instalaciones eléctricas obsoletas configura una situación de “vulnerabilidad latente” que podría desencadenar un siniestro en cualquier momento. El fantasma del incendio del Palacio Mujica —que albergaba un invaluable acervo patrimonial— sobrevuela hoy con más fuerza que nunca sobre el Palacio Astoreca.
Pese a los avances administrativos, la comunidad iquiqueña mantiene la cautela. El escepticismo acumulado por décadas de promesas incumplidas no se disipa con un solo documento. La pregunta sigue flotando en el aire del Paseo Baquedano: ¿alcanzará el tiempo para rescatar el edificio antes de que el deterioro —o un incendio— lo devore por completo?
La respuesta está ahora en manos de la UNAP, del Ministerio de Bienes Nacionales y, sobre todo, de la voluntad política y presupuestaria para convertir el plan de manejo en andamios, los diagnósticos en obras y la memoria en un edificio en pie. El Palacio Astoreca, que fue símbolo de una época de riqueza y poder, hoy es símbolo de otra cosa: de la urgencia patrimonial que Chile aún no termina de aprender a gestionar.
