Nuevos malls, autos de lujo y alhajas de oro son parte de la nueva realidad del único país de habla inglesa de América del Sur. Fuimos al matrimonio de un chileno con una guyanesa, donde conocimos de cerca la realidad.
Guyana parece que hace dos semanas se hubiera ganado la lotería, y todavía está sacando la cuenta de qué hacer con tanta fortuna. Por efecto del petróleo y la minería aurífera, el PIB per cápita rozará los 34 mil dólares en 2026. Eso lo pone a la altura de Portugal o Eslovaquia, muy por encima de los 18 mil de Chile. Pero el dinero, se sabe, no compra la costumbre. Y la primera lección que da Guyana es que el crecimiento duele, sobre todo en las carreteras.
No hay vuelos directos desde Santiago. Hay que hacer escala en Panamá, Colombia o Brasil. Cuando por fin aterrizas en el aeropuerto Cheddi Jagan —que en tamaño recuerda a cualquier aeropuerto de provincia chilena—, afuera te espera un taxista. El mío se llamaba Charles, afroguyanés, sonrisa ancha y una metralleta de plástico colorida apoyada en el tablero.
—Bienvenido a la tierra de muchas aguas —dice, mientras arranca el coche con el volante a la derecha.
Son solo 40 kilómetros hasta Georgetown, pero se convierten en una hora eterna. Baches, cortes, tacos, desvíos de tierra rojiza. A los lados, bulldozers y retroexcavadoras muerden la selva. El paisaje es una mezcla de verdor amazónico —palmeras delgadas, plataneros, ríos de aguas grises— y manglares que se tragan el mar. No hay playas caribeñas aquí.
—El país está en construcción —dice Charles, esquivando una vaca que cruza la calle como si fuera la dueña.
Y tiene razón. Guyana no es un destino de sol y ron; es un campamento minero gigante con pretensiones de nación.
En el asiento de atrás llevo una muda de traje y la curiosidad intacta. Vine al matrimonio de Mauricio, un geólogo chileno, familiar mío, que se casa con Melisa, una geóloga afroguyanesa. Ambos trabajan en una mina de oro de capitales canadienses en el Esequibo, esa región selvática que late con fiebre amarilla y fiebre del oro.
—El cuerpo se acostumbra a la humedad y al repelente —me había escrito Mauricio por WhatsApp—. Pero el agua, siempre embotellada.
El oro y el asfalto roto
Georgetown, cuando por fin aparece, es una ciudad de contrastes que se mide en kilates. En la periferia, terrenos esculpidos por máquinas y autopistas tímidas que se cortan con rebaños de vacas. Los conductores no se apuran. Saben que aquí el tiempo es otro. En las tolvas de las camionetas viajan trabajadores venezolanos, sentados como si fueran pasajeros de un bus rural. La mano de obra no alcanza para 800 mil habitantes, así que se importa de la frontera.
Charles me lleva al Amazonía Mall, el lugar de moda. Ahí los guyaneses se ponen su mejor ropa y exhiben el oro en anillos, pulseras y aros. Hasta los niños lo usan. Una cena en el Hard Rock cuesta 130 dólares para tres, y en las tiendas se venden vinos australianos, franceses y chilenos.
—Antes pasábamos hambre —me dirá después un invitado en la boda, con un vaso de ron Dorado en la mano—. Por eso ahora no dejamos comida en ninguna parte.
Más abajo, en el Giftland Mall, el aroma es a curry y arroz. El patio de comida es un muestrario de la herencia hindú: pollo, pato, cordero, todo especiado, todo con carbohidrato generoso. Las Banks, la cerveza local de sabor endulzado, cuestan desde cinco dólares.
Pero el verdadero pulso de la ciudad está en el mercado de Georgetown. Allí el sonido se vuelve líquido: afrobeat, reggae, gritos de vendedores. Miradas que escrutan al turista. Charles saluda a unas chicas que trabajan en el comercio sexual y me advierte:
—No saques el celular.
Las calles atestadas huelen a masa frita y a sudor. Es un lugar hostil, hermoso y vivo. No es para turistas distraídos.
A menos de 800 metros, de repente, la ciudad se vacía. Aparecen las joyas de madera neogótica: la catedral San Jorge, el palacio de justicia. Son puntos fotográficos, pero hay que andar con cuidado. Entre las calles aledañas, hombres apuestan con naipes y la policía patrulla sin prisa. Lo mejor es llevar efectivo: dólares guyaneses o estadounidenses. Y no confiarse.
El sudor bajo el traje
Llega el día del matrimonio. La ceremonia es en Mahaicony, una zona rural a una hora de Georgetown. El camino vuelve a ser una prueba de paciencia. Casas amplias y dispersas, minimarkets chinos, vegetación cerrada. Charles tararea reggae mientras sorteamos los baches.
Cuatro horas antes de la fiesta, los hombres se visten en una casa alquilada. Mauricio, el novio chileno, está nervioso. Los fotógrafos lo acosan como si fuera una estrella de rock. Los hombres de la familia llevan trenzas al estilo Snoop Dogg, trajes de diseñador guyanés y el oro brillando en cada movimiento. Afuera, 28 grados y una humedad que aplasta. Yo sudo como si estuviera en una sauna. Pero la tela de los trajes de ellos es delgada, especial para el clima.
—Te acostumbras —me dice Mauricio, ajustándose los gemelos de oro.
Al lado, en la casa contigua, Melisa se prepara. Su vestido lo diseñó ella misma, inspirado en las raíces africanas de su familia. Las mujeres llevan el pelo alisado hacia un lado, y el oro también las acompaña. El tiempo pasa lento. Escucho risas y, de fondo, el motor de una nevera que lucha contra el calor.






Un cuento de hadas en la jungla
La comitiva arranca en vehículos de alta gama: BMW, camionetas todoterreno. Parte de la familia de Melisa está ligada a la minería, y eso se nota. El lugar de la ceremonia es un predio con una laguna diminuta en medio, adaptado como centro de eventos. Esa tarde hay dos bodas. Un pastor protestante oficia.
No hay alcohol aún, solo jugos de Trinidad y Tobago, aguas minerales y gaseosas. Los fotógrafos retratan a cada invitado. Algunos se salen de la formalidad con trajes anaranjados, verdes fluor o zapatos ajedrezados. Siempre el oro.
La novia llega. Parece sacada de un cuento de hadas, pero este cuento ocurre en medio de la jungla. Detrás de ella caminan los más jóvenes de la familia, con pasos medidos. El pastor lasa a los novios en una ceremonia breve. Luego, más fotos. Muchas más.
—¡Sonríe, esto va para Instagram! —grita un fotógrafo.
Ron, afrobeat y la memoria del hambre
La fiesta está por comenzar. Algunos toman sol, otros hacen canopy. Hay un centenar de invitados, geólogos guyaneses con trajes coloridos, algún rastafari de influencia jamaiquina. El buffet ofrece carnes, arroces, brigadeiros traídos desde Boa Vista. La cerveza está helada y el ron Dorado corre. El vino chileno también aparece.
Cuando empieza el afrobeat, las mujeres se mueven con una sensualidad que hipnotiza. Las caderas llevan el ritmo como si hubieran nacido con él. Un hombre mayor, de piel oscura y manos callosas, se me acerca con un vaso en la mano. Tiene el aliento a ron y la mirada perdida en algún recuerdo.
—Hace veinte años pasamos hambre —me dice, sin mirarme—. No es la Guyana actual. Por eso tenemos la costumbre de no dejar comida en ninguna parte.
Asiente con la cabeza hacia la mesa, donde los invitados se sirven sin culpa, pero también sin despilfarro. Luego se va, tambaleándose suavemente al ritmo de la música.
La fiesta termina a medianoche. Y entonces ocurre algo que no esperaba: cada invitado se lleva comida, vino y postres. En bolsas, en envases de plástico, en servilletas. Nadie se ríe de eso. Al contrario, lo hacen con naturalidad, como quien respira.
La frase de Charles
Al día siguiente, de regreso al aeropuerto, el sol golpea el parabrisas. Charles conduce despacio, como siempre. La metralleta de plástico sigue ahí, colorida e inútil. Pasamos otra vez por los baches, los bulldozers, las vacas.
—Aquí nadie anda apurado, amigo —dice Charles, sin quitar los ojos del camino—. El que se apura, se pierde algo.
Yo pienso en la novia de vestido africano, en el hombre del ron, en los niños con aros de oro, en las carreteras rotas y los malls relucientes. Pienso que Guyana no está en construcción: está aprendiendo a ser un país. Con todo el peso del oro y todas las grietas de la prisa.
Charles frena ante el aeropuerto. Me baja la maleta y me da la mano.
—Vuelve cuando quieras. Pero avisa antes, para tener fría la Banks.
Sonrío. Le dejo una propina en dólares. Y mientras el avión despega, veo desde la ventanilla la mancha verde de la selva, los ríos grises, las carreteras interminables. Guyana parece un país que ganó la lotería hace dos semanas y todavía no sabe bien qué hacer con tanta fortuna. Pero algo me dice que lo va a descubrir. A su tiempo. Sin apuro.
